En el ojo del huracán que sacude a la Selección Mexicana, la aparición estelar de Guillermo Ochoa en una sesión fotográfica con el nuevo uniforme tricolor ha desatado un tsunami de especulaciones que amenaza con inundar el fútbol nacional. El arquero, exiliado en Chipre pero con el corazón latiendo en verde, voló miles de kilómetros para posar junto a Luis Malagón luciendo el dorsal 13, ese número que ha sido su talismán en cinco Copas del Mundo. Aunque su nombre brilla por su ausencia en la convocatoria de esta Fecha FIFA, su imagen en la campaña oficial resuena como un cañonazo que anuncia su regreso inminente. Lo que para muchos es solo mercadotecnia, para los ojos entrenados del periodismo deportivo se convierte en la prueba irrefutable de que el destino de Memo está sellado con tinta indeleble rumbo a 2026.
David Faitelson, el analista que no teme lanzar bombas de verdad, soltó la frase que paralizó al país: “Ochoa ha viajado desde Chipre para tomarse fotos con el nuevo uniforme… a pesar de no estar convocado. Eso me hace pensar que, por lo civil o por lo legal, Guillermo Ochoa jugará su sexto Mundial”. Sus palabras caen como un martillo sobre el yunque de la opinión pública, recordándonos que en el fútbol mexicano las decisiones trascienden lo deportivo y se cocinan en las oficinas donde el poder y la imagen se abrazan con fuerza. La presencia del portero en esta actividad comercial no es casualidad; es la señal de que Javier Aguirre y la Federación ya tienen trazado el camino para que el ídolo regrese al arco que defendió con uñas y dientes en Brasil, Rusia y Qatar.
El precedente de Santiago Giménez en 2022 acecha como un fantasma en la memoria colectiva: posó con la playera qatarí, fue la cara de las campañas y terminó viendo el Mundial desde la tribuna. Pero el caso de Ochoa es diferente. Aquí no hay un joven promisorio; hay un titán con cinco Mundiales en las espaldas, un hombre que ha detenido penales con la mirada y ha salvado al Tri en momentos de agonía. Su inclusión en la sesión fotográfica, compartida por Malagón y replicada por el propio Memo, no es un capricho de marca: es un contrato tácito, un pacto de sangre entre el portero y la nación que lo necesita como oxígeno en la altura de los estadios norteamericanos.
La afición se divide entre el cinismo y la fe ciega. Unos ven solo un trámite publicitario; otros, un presagio divino. Pero Faitelson no deja lugar a dudas: “por lo civil” significa que Aguirre lo quiere, lo necesita y lo convocará porque su experiencia es un seguro de vida; “por lo legal” implica que los contratos, los patrocinadores y la Federación misma lo obligarán a estar ahí, aunque sea como segundo portero. En un país donde el fútbol es religión, Ochoa no es solo un jugador: es un símbolo, un tótem que representa la resistencia mexicana ante la adversidad. Su sexto Mundial no es una posibilidad; es una inevitabilidad escrita en las estrellas.
Mientras el reloj marca los días hacia 2026, con sedes en México, Estados Unidos y Canadá, la figura de Guillermo Ochoa se agiganta como un coloso. Su viaje desde Chipre no fue para una foto; fue para reclamar su lugar en la historia. Faitelson lo dijo y el país lo repite: Memo estará en el Mundial, ya sea por la puerta grande de la cancha o por la puerta trasera de los despachos. Porque en el fútbol mexicano, los héroes no se retiran: se inmortalizan.
