En un arrebato que ha incendiado las redes como un barril de gasolina bajo el sol sinaloense, Natanael Cano ha descargado su furia contra las autoridades mexicanas, defendiendo a capa y espada a su compadre Junior H en medio de una tormenta legal que amenaza con silenciar los ecos de los corridos tumbados. “Qué gobierno tan ridículo el de mi país, qué vergüenza. Todo por cantar música. Ahora quieren que cantemos lo que ellos dicen. Por diooss”, tronó el intérprete de “Soy el Diablo” en una ráfaga de historias de Instagram que cortan como navaja, exponiendo las entrañas de un choque brutal entre el arte callejero y el puño de hierro estatal. Este grito de guerra no surge de la nada; es el rugido de un género que ha conquistado estadios y playlists, pero que ahora se ve acorralado por acusaciones de apología al delito, un estigma que podría devorar carreras enteras en un México donde la música regional mexicana late con el pulso del polvo y las balas.
El detonante de esta explosión fue la comparecencia de Junior H –cuyo nombre real es Antonio Herrera Pérez– ante la Fiscalía de Jalisco, un calvario que se desató tras su actuación en las Fiestas de Octubre de Zapopan, donde el escenario se convirtió en campo minado. Allí, el joven prodigio de los corridos tumbados soltó “El Azul”, un himno crudo que rinde tributo a un capo del crimen organizado, un verso que las autoridades interpretaron como un himno prohibido, no como el folclore que late en las venas de millones. Sancionado junto a los organizadores y el recinto, Junior H enfrenta no solo multas que queman el bolsillo, sino un veto implacable del gobierno estatal, con el secretario general de Gobierno jurando que no tolerarán más espectáculos que “hagan referencia al crimen organizado”. A pesar de las disculpas públicas del cantante, que se arrodilló ante el ojo público suplicando clemencia, el telón de la investigación por apología al delito sigue caído, un telón negro que ahoga la libertad artística en un estado donde las luces del festival se apagan ante la sombra de la ley.
Natanael cano, el hermosillense que forjó su corona en las calles y los antros, no se quedó callado; al contrario, su réplica fue un vendaval que barrió con la hipocresía oficial. En sus stories, el “Nata” no solo defendió a su hermano de armas, sino que clavó el dedo en la llaga de un sistema que, a su juicio, extorsiona al pueblo con impuestos voraces mientras asfixia la expresión cultural. “No les basta con los impuestos, no les basta con el predial, qué quieren ahora”, espetó, culminando con un “Fuk” que retumba como un balazo en el silencio de la red, un juramento que encapsula la rabia de una generación que ve en los corridos no un delito, sino un espejo de sus realidades crudas. Originario de Sonora, donde el regional mexicano es oxígeno, Cano se erige como centinela de un movimiento que ha democratizado el dolor y la gloria, transformando ranchos en himnos globales, pero que ahora choca contra un muro de censura que huele a control y miedo.
Este embate no es un soliloquio aislado; es el eco de un debate que hierve en el alma mexicana, donde los corridos tumbados –esa fusión explosiva de trap y tradición– han sido tanto alabados como demonizados, un género que pinta con crudeza el narco, el amor y la supervivencia sin filtros ni adornos. Mientras artistas como Peso Pluma y Fuerza Regida han navegado estas aguas turbias, el caso de Junior H se convierte en el mártir que enciende la mecha: ¿hasta dónde llega el derecho a la libertad de expresión cuando las letras rozan la línea roja del crimen? Las autoridades de Jalisco, con su veto inquebrantable, argumentan protección social, pero para Cano y su legión de seguidores, es un asalto a la identidad cultural, un intento de castrar la voz de los marginados que encuentran en la música un escape de la pobreza y la violencia. En Instagram, el hashtag #CorridosTumbados ya arde con testimonios de fans que ven en esta batalla un reflejo de sus luchas diarias, un coro que amplifica el lamento de Cano hasta los confines del país.
El pulso de esta confrontación late con la promesa de réplicas feroces: ¿responderá el gobierno con más investigaciones, o cederá ante la marea de apoyo que inunda las redes? Para Natanael Cano, este no es solo un pulso por un amigo; es una guerra por el alma de la música mexicana, un recordatorio brutal de que en un país donde los balazos suenan más fuerte que las sirenas, los versos son balas que no se pueden acallar. Mientras Junior H lidia con las secuelas de su “pecado” escénico, el “Nata” se posiciona como el guerrero que no retrocede, un faro para los que cantan lo que duele, no lo que ordenan. En este duelo entre micrófonos y martillos judiciales, la vergüenza no recae en las letras; recae en quienes pretenden reescribirlas.
