En el bullicio traicionero del sector Tres Ríos, donde el sol de noviembre aún abrasa las avenidas como un presagio de infierno, el joven Gerardo Moya, eterno soñador de 25 años conocido en las redes como “El Jerry”, encontró su final en un estallido de plomo que perforó la armadura de su camioneta GMC Sierra gris. La tarde del domingo 16, alrededor de las 17:00 horas, mientras circulaba por el bulevar Enrique Sánchez Alonso, cruzando con la calle José Ortiz de Domínguez, un Jetta negro surgió de las sombras como un verdugo encapuchado, descargando ráfagas de armas largas que convirtieron el vehículo en un colador de muerte. A su lado, Gustavo “N”, compañero inseparable en esa última escapada, sucumbió al mismo destino fatal, sus cuerpos inmóviles dentro de la cabina con el motor aún rugiendo y las luces parpadeando en agonía mecánica. Minutos antes, en un gesto de ironía cruel, “El Jerry” había subido historias efímeras a Instagram: sorbos de cerveza con Gustavo en un autolavado cercano, al ritmo de corridos como “Cristina” de Edición Especial y “Entre Pancho y Pancho” de Arley Pérez, himnos que glorifican lujos y lealtades narco, un soundtrack que ahora resuena como epitafio en el vacío digital de sus 11 mil seguidores en TikTok y 7 mil en la app de los filtros.
Este doble homicidio no es un relámpago aislado en el cielo tormentoso de Culiacán; es el noveno clavo en el ataúd de los creadores de contenido que el fuego interno del Cártel de Sinaloa ha consumido desde la detención de Ismael “El Mayo” Zambada en septiembre de 2024, desatando una guerra fratricida entre Los Chapitos y Los Mayos que tiñe de rojo las plazas comerciales y las fiscalías. “El Jerry”, con su feed de autos relucientes, ropa de diseñador y reflexiones envueltas en humor callejero, administraba un perfil alterno donde posaba con chalecos antibalas, rifles de asalto y emblemas que susurran afinidad a La Mayiza, el clan de Zambada Sicairos, “Mayito Flaco”, un lazo que lo catapultó a la lista negra de narcovolantes lanzados desde avionetas en enero de 2025, junto a nombres como Camilo Ochoa, Peso Pluma y Markitos Toys. Sus predecesores en esta galería de horrores –Juan Carlos “El Chilango”, acribillado vendiendo dulces en octubre de 2024; Miguel Vivanco “El Jasper”, hallado en un camino de terracería en noviembre; Leovardo Aispuro “Gordo Peruci”, caído en diciembre en la colonia 21 de Marzo; y Gael Castro “Gail Castro”, ejecutado en un restaurante de Ensenada en marzo de 2025– claman desde tumbas frescas que la fama efímera en Sinaloa se paga con sangre cuando las balas no distinguen entre likes y lealtades.
La escena del crimen, a escasos 250 metros de las oficinas de la Fiscalía General del Estado de Sinaloa, se convirtió en un pandemónium de sirenas y pánico: testigos se arrojaron al piso de una plaza cercana mientras decenas de casquillos de distintos calibres –de 9 mm a 7.62– salpicaban el asfalto como confeti macabro, y paramédicos de la Cruz Roja confirmaban lo inevitable bajo el manto de una tarde que se oscurecía prematuramente. Elementos de la Secretaría de la Defensa Nacional, la Guardia Nacional y policías estatales acordonaron el perímetro, mientras peritos de la FGE recolectaban balas que narran una ejecución quirúrgica, no un arrebato casual, en un bulevar que debería ser arteria de vida, no de vendettas. Versiones no oficiales, filtradas como veneno en chats de WhatsApp, tildan a “El Jerry” de engranaje en la maquinaria de extorsiones y reclutamientos de La Mayiza, un rumor que la fiscalía indaga con sigilo, tejiendo hilos que podrían ligar este ataque a la escalada de volantes acusatorios que han convertido a influencers en blancos prioritarios, colaterales de una disputa que devora no solo territorios, sino almas digitales que osaron coquetear con el abismo por un puñado de views.
Pero en el corazón de esta carnicería late un vacío que trasciende las balas: la familia de Gerardo, aún en shock en una capilla improvisada con pantallas congeladas en sus últimos reels, clama por un escudo que el estado no ha forjado, mientras el eco de sus corridos resuena en perfiles huérfanos que acumulan condolencias como lágrimas digitales. La Fiscalía General del Estado promete esclarecer el móvil, pero en Sinaloa, donde la guerra entre facciones ha cobrado más de una decena de creadores desde 2024, las promesas se evaporan como humo de cañón, dejando a Culiacán en un limbo de retenes y toques de queda voluntarios. “El Jerry”, forjado en las calles de un estado que exporta tanto talento como terror, representa el costo brutal de la idolatría 2.0: un joven que transformó la cotidianidad en contenido viral, solo para ser borrado por el mismo glamour que lo elevó. En las venas ardientes del Pacífico, donde el narco dicta el guion de la supervivencia, este asesinato grita una verdad inquebrantable: en la tierra de los corridos, las baladas terminan no en aplausos, sino en coronas de flores sobre capós perforados, y la paz, si alguna vez existió, se desvanece como un like olvidado en la eternidad del scroll.
