En un arrebato que fusiona adrenalina felina con el instinto de supervivencia del bajo mundo, una mujer apodada “La Tigresa” por su ferocidad en las calles norteñas fue abatida por la red de la justicia este fin de semana en las arterias polvorientas de Chihuahua, cuando en un gesto desesperado lanzó al aire un cargamento de cocaína que se esparció como nieve maldita sobre el asfalto caliente. La escena, digna de un thriller fronterizo, se desplegó en la colonia Madera 65, donde agentes de la Agencia Estatal de Investigación (AEI), en tándem con el Ejército Mexicano y la Policía Municipal, irrumpieron como un enjambre implacable en un domicilio de la calle Salomón Gaytán. Alrededor de las 20:00 horas del sábado, la sospechosa, identificada como Hilda Karina D. C., de 34 años, y dos compinches masculinos fueron sorprendidos en flagrancia midiendo dosis con la precisión de cirujanos oscuros, un ritual que se truncó en caos cuando la tigresa, al percatarse de las sombras uniformadas, optó por el vuelo: paquetes envueltos en plástico transparente volaron desde sus garras hacia el vacío, un intento vano de borrar evidencias que solo aceleró su caída en las garras de la ley.
El botín recolectado en este asalto a la oscuridad no fue mero polvillo: más de 500 gramos de cocaína pura, envases de marihuana cristalina y “criko” –ese veneno sintético que devora pulmones jóvenes–, junto a balanzas digitales y celulares con mensajes cifrados que delatan una red de distribución que serpentea desde laboratorios serranos hasta bolsillos ansiosos en colonias marginadas. Hilda Karina, con un historial que susurra lealtades a facciones como La Mayiza –ese clan sinaloense que extiende sus colmillos hacia Chihuahua–, no actuó sola: sus aliados, Samuel Abdel R. C. y Víctor R. G., cayeron flanqueados por cargos que van desde posesión con fines de comercio hasta resistencia a la autoridad, un trío que ahora languidece en celdas del Ministerio Público mientras peritos diseccionan cada gramo como piezas de un rompecabezas sangriento. Este golpe, parte de una ofensiva incesante contra el narcomenudeo que ha incautado toneladas en lo que va del año, resuena como trueno en un estado donde el desierto guarda tumbas de adictos y verdugos, recordando que en Chihuahua, la “tigresa” más astuta termina enjaulada, y el polvo blanco que lanza al viento solo pinta su derrota con mayor crudeza.
Pero esta captura trasciende las rejas frías: en las venas de una capital que vela por sus hijos contra el hambre química, el operativo ilumina grietas en el tejido social, donde mujeres como Hilda Karina –quizá madres o hermanas en otro tiempo– viran al abismo por promesas de pesos rápidos en un ecosistema de pobreza que el crimen explota como yacija fértil. La Fiscalía General del Estado, con el fiscal César Jáuregui al frente, promete desmantelar no solo células, sino las finanzas que las nutren, congelando cuentas y rastreando envíos que cruzan fronteras invisibles. Mientras la tigresa enfrenta audiencias que podrían encadenarla por lustros, sus compinches en el penal juran silencio, pero el eco de paquetes volando se convierte en himno de advertencia: en Chihuahua, arrojar la coca no libra de la jauría legal, sino que invita a más sabuesos. En el horizonte serrano, donde el viento lleva susurros de venganza, esta zarpazo policial se erige como faro precario, jurando que la paz no se negocia con gramos, sino se forja con redadas que no perdonan ni a las más feroces.
La familia de los caídos en esta redada, aún en shock en capillas improvisadas con velas parpadeantes, clama por un escudo que trascienda operativos esporádicos: programas de rehabilitación que alcancen a los perdidos, empleos que llenen vacíos y una federación que envíe no solo balas, sino inversión para secar las raíces del mal. Hilda Karina, con su apodo que evoca garras y rugidos, representa el rostro femenino del narco que el machismo ignora: una operadora clave en plazas que los hombres disputan con plomo, ahora expuesta al juicio público que la tilda de monstruo sin indagar sus cadenas. En las calles de Madera 65, donde niños juegan ajenos al polvo que mata, el arresto de “La Tigresa” no apaga el fuego, pero aviva la llama de la resistencia colectiva, prometi
