Un sombrío telón se cierra sobre la bonanza prometida en México, donde el Producto Interno Bruto (PIB) se hundió un 0,3% en el tercer trimestre de 2025, confirmando las sombras que el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) había esbozado en su estimación oportuna y que ahora se materializan en un retroceso trimestral que devora el frágil impulso de semestres previos, dejando a la nación al borde de un abismo económico que amenaza con engullir empleos, consumo y la estabilidad que tanto costó reconstruir tras años de vaivenes pandémicos y geopolíticos.
El veredicto del Inegi, revelado este 21 de noviembre, pinta un panorama de debilidad industrial que arrastra al conjunto: las actividades secundarias, abarcando manufacturas, minería y construcción, se desplomaron un 1,5%, opacando el modesto avance del 0,2% en servicios y el vigoroso 3,5% en el sector primario de agricultura y ganadería, un desbalance que refleja no solo la parálisis en las cadenas de exportación hacia Estados Unidos —golpeadas por aranceles y tensiones con la administración Trump—, sino también el freno en la inversión pública y el consumo privado, erosionados por la inflación persistente y la incertidumbre que flota como niebla sobre el nearshoring soñado.
A tasa anual, el PIB retrocedió un 0,2% frente al mismo periodo de 2024, rompiendo una racha de crecimiento que ya cojeaba y elevando el espectro de una recesión técnica si el cuarto trimestre no remonta el vuelo, con analistas de Banco BASE y Goldman Sachs advirtiendo de un estancamiento prolongado que podría limitar el expansión anual a apenas 0,5%, por debajo de las expectativas del Fondo Monetario Internacional (FMI) y las proyecciones de la Secretaría de Hacienda, que recortó su rango a entre 0,5% y 1,5% en septiembre.
La presidenta Claudia Sheinbaum, en un intento por inyectar oxígeno a la narrativa oficial, defendió la solidez del modelo económico atribuyendo el bache a factores externos como las tarifas estadounidenses, pero el eco de despidos en maquiladoras y la erosión en la confianza del consumidor pintan un cuadro más crudo: una economía que, pese a acumular un 0,5% en los primeros nueve meses, patina hacia un ciclo vicioso donde el bajo dinamismo industrial —heredado de la desaceleración global y la moderación fiscal— alimenta desempleo y reduce el gasto, recordándonos cómo las promesas de prosperidad se evaporan ante la realidad de un crecimiento raquítico que no supera el 1% desde 2023.
Este tropiezo no es un mero dato estadístico, sino un grito de alerta para un gobierno que apostó por el estímulo interno y la diversificación comercial, pero que ahora enfrenta el costo de no haber blindado suficientemente al sector productivo contra vientos cruzados; con el cierre de año acechando y las elecciones intermedias en el horizonte, la pregunta que retumba en los mercados y las calles es si este 0,3% de caída será el preludio de una tormenta mayor o el fondo de un rebote forzado, en un México donde la economía ya no crece, sino que apenas respira entre la asfixia de la deuda externa y el pulso débil de sus motores internos.
