Un vendaval de odio racial azota la Casa Blanca cuando Donald Trump, en una explosiva reunión de gabinete este martes, desató su furia contra la comunidad somalí en Estados Unidos, proclamando sin filtros que “no los quiero en nuestro país” y ordenando una redada masiva en Minnesota para deportarlos, mientras los acusa de ser “basura” que solo queja y chupa miles de millones en ayudas sociales sin aportar un solo centavo a la nación que los acogió.
El detonante de esta tormenta fue un escándalo judicial en Minnesota, el bastión de la mayor diáspora somalí del mundo fuera de África, donde una investigación revela que hasta mil millones de dólares en fondos para servicios sociales se evaporaron en facturas falsas orquestadas por estadounidenses de origen somalí, un fraude que Trump explotó como munición para su cruzada antiinmigrante, intensificada tras el tiroteo de la semana pasada contra dos guardias nacionales en Washington D.C., que él vincula directamente a “pandillas somalíes” que “toman el control” del estado demócrata.
“Cuando vienen del infierno y se quejan y no hacen más que criticar, no los queremos en nuestro país”, tronó el presidente, apuntando su dedo acusador a una nación sumida en guerra civil desde los 90 y donde, según la ONU, el 70% de la población sobrevive en pobreza extrema. “Que vuelvan al lugar de donde vinieron y lo arreglen”, remató, describiendo a Somalia como “casi no un país” que “apesta” y no sirve “por una razón”, mientras el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) moviliza a 100 agentes de todo el país para cazar a indocumentados con órdenes de deportación, sin descartar redadas a quienes buscan regularizarse.
El blanco principal: la congresista demócrata Ilhan Omar, nacida en Somalia y asentada en Minneapolis, a quien Trump tildó de “basura” obsesionada con él, avivando una vendetta personal que se extiende a toda la comunidad de las Ciudades Gemelas —Minneapolis y St. Paul—, donde miles de somalíes han tejido un tejido social que el alcalde Jacob Frey defiende con uñas y dientes: “Han iniciado negocios, creado empleos y enriquecido nuestra cultura”, contraatacó, llamando “ridículo” y “violatorio de la moral estadounidense” el vilipendio de un grupo entero.
Esta andanada no es un arrebato aislado, sino el clímax de una ofensiva más amplia: el gobierno de Trump acaba de eliminar la protección temporal contra deportaciones para somalíes, vigente desde 1991, y paralizó procesos de residencia y ciudadanía para migrantes de 19 países del ‘tercer mundo’, incluyendo Venezuela, Cuba, Haití y Somalia, bajo una orden ejecutiva que culpa a los refugiados de “disfunción social” y amenazas terroristas, con acusaciones infundadas de que fondos robados financian a Al Shabab, el grupo yihadista ligado a Al Qaeda que controla zonas de Somalia.
Desde Mogadiscio, el primer ministro Hamza Abdi Barre optó por el desdén: “Es más fácil ignorar sus declaraciones que responder o buscarles sentido”, zanjó, mientras en EE.UU. la controversia hierve con amenazas de “detener permanentemente” la inmigración de estos países, un ultimátum que podría fracturar alianzas internacionales y avivar protestas en un país ya polarizado, donde Trump advierte que permitir “esta gente” llevará a la nación “por mal camino”.
