Los glaciares del mundo están desapareciendo a un ritmo alarmante, y las consecuencias para la humanidad podrían ser devastadoras. Según el último informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) y datos satelitales de la NASA actualizados a diciembre de 2025, el deshielo se ha acelerado un 65% en las últimas dos décadas, impulsado por el calentamiento global antropogénico. Regiones como los Himalayas, los Andes, los Alpes y Groenlandia pierden miles de millones de toneladas de hielo anuales, contribuyendo directamente al aumento del nivel del mar y poniendo en riesgo el acceso al agua dulce para millones de personas.
El impacto más inmediato es la subida del nivel del mar: los glaciares y capas de hielo aportan cerca del 50% del incremento observado (actualmente 3.7 mm por año), amenazando con inundaciones costeras permanentes en ciudades como Miami, Shanghái, Dhaka y Ámsterdam. Proyecciones al 2100 estiman entre 0.6 y 1.1 metros de elevación si las emisiones no se reducen drásticamente, desplazando a cientos de millones de personas y generando pérdidas económicas billonarias.
Pero el peligro no se limita a las costas. Los glaciares actúan como reservorios naturales de agua dulce: en Asia, el “tercer polo” (Himalayas) alimenta ríos que sustentan a casi 2 mil millones de personas en países como India, China, Pakistán y Bangladesh. En América Latina, los glaciares andinos son vitales para Perú, Bolivia y Chile, proporcionando agua para consumo, agricultura e hidroelectricidad. Su retroceso provoca inicialmente inundaciones por desborde (como los peligrosos lagos glaciares), pero a largo plazo genera sequías severas cuando el hielo desaparece por completo.
Científicos advierten que muchos glaciares pequeños podrían extinguirse antes de 2050, incluso si se cumple el Acuerdo de París. La solución pasa por reducir emisiones de CO₂ urgentemente, proteger ecosistemas glaciares y desarrollar estrategias de adaptación como desalación y gestión hídrica sostenible.
El reloj corre: los glaciares no solo son termómetros del planeta, sino guardianes de nuestra supervivencia. Su pérdida no es un problema futuro, sino una crisis en curso que exige acción inmediata.
