La órbita baja terrestre (LEO) enfrenta un peligro inminente. Un nuevo estudio advierte que, tras una gran tormenta solar, las megaconstelaciones de satélites podrían colapsar en apenas 2,8 días. Este escenario plantea un riesgo real para la infraestructura espacial y para el futuro de la humanidad en el espacio.
Un sistema frágil como un “House of Cards”
La metáfora de “House of Cards” describe perfectamente la situación actual de las megaconstelaciones de satélites. Aunque parecen sistemas robustos y bien gestionados, en realidad son estructuras inherentemente inestables. Sarah Thiele y sus colegas, en un estudio publicado como preimpresión en arXiv, advierten que la densidad de satélites en LEO ha alcanzado niveles críticos.
Los cálculos muestran que un “aproximamiento cercano”, definido como el paso de dos satélites a menos de un kilómetro, ocurre cada 22 segundos en todas las constelaciones. En el caso de Starlink, estos encuentros suceden cada 11 minutos. Para evitar colisiones, cada uno de los satélites debe realizar un promedio de 41 maniobras al año, lo que refleja la tensión constante en la gestión orbital.
A primera vista, este sistema parece controlado. Sin embargo, los ingenieros saben que los “casos extremos” son los que desencadenan fallos graves. Una tormenta solar es uno de esos eventos. Durante la Tormenta de Gannon en mayo de 2024, más de la mitad de los satélites en LEO tuvieron que gastar combustible en maniobras de reposicionamiento.
El problema no es solo el consumo de recursos. Las tormentas solares pueden desactivar sistemas de navegación y comunicaciones, dejando a los satélites incapaces de reaccionar. La combinación de resistencia atmosférica aumentada, pérdida de control y mayor incertidumbre posicional convierte a la órbita baja en un verdadero castillo de naipes, listo para derrumbarse con un solo golpe.
Tormentas solares: un enemigo invisible

Las tormentas solares representan una amenaza sistémica para las megaconstelaciones. En primer lugar, calientan la atmósfera superior, expandiendo el aire y aumentando la resistencia aerodinámica sobre los satélites. Este efecto obliga a gastar más combustible para mantener las órbitas, reduciendo la vida útil de los sistemas.
En segundo lugar, las tormentas pueden interrumpir las comunicaciones y la navegación. Un satélite sin control se convierte en un proyectil errante, incapaz de ejecutar maniobras de evasión. La combinación de incertidumbre posicional y pérdida de control puede desencadenar colisiones inmediatas.
El estudio introduce el CRASH (Collision Realization and Significant Harm Clock), una métrica que mide el tiempo hasta una colisión catastrófica si se pierde el control. En 2018, antes de las megaconstelaciones, ese tiempo era de 121 días. Hoy, en 2025, se reduce a apenas 2,8 días.
Incluso una pérdida de control de 24 horas implica un 30 % de probabilidad de colisión grave, suficiente para iniciar el síndrome de Kessler, un proceso que podría durar décadas y bloquear el acceso al espacio.
Las tormentas solares no suelen dar aviso. A veces, solo contamos con uno o dos días de anticipación, insuficientes para proteger miles de satélites.
Consecuencias irreversibles para la humanidad

El riesgo no es hipotético. La Tormenta de Gannon de 2024 fue la más fuerte en décadas, pero la historia recuerda eventos aún más devastadores, como el Evento Carrington de 1859, la tormenta solar más intensa registrada. Si algo similar ocurriera hoy, nuestra capacidad de controlar satélites se vería anulada por varios días, tiempo suficiente para desencadenar un desastre orbital.
El síndrome de Kessler es la consecuencia más temida: una nube de escombros que impediría cualquier lanzamiento futuro. No se trata solo de perder satélites de comunicación o navegación, sino de quedar confinados en la Tierra durante generaciones. La infraestructura espacial que sostiene desde internet global hasta proyectos científicos quedaría inutilizada.
El estudio advierte que el entorno dinámico de la atmósfera requiere retroalimentación en tiempo real. Si ese control falla, el margen de reacción es mínimo. Apenas unos días separan la estabilidad de un colapso irreversible.
La humanidad depende de estas constelaciones para su vida cotidiana, pero también para su futuro en el espacio. Evaluar los riesgos y diseñar estrategias de mitigación es esencial. De lo contrario, un solo evento solar podría marcar el fin de nuestra era espacial.
La órbita baja terrestre es un castillo de naipes sostenido por control constante. Una tormenta solar severa podría derrumbarlo en apenas 2,8 días, iniciando un proceso irreversible. Reconocer este riesgo es vital: solo decisiones informadas y medidas preventivas pueden asegurar que el futuro espacial siga siendo posible.
Referencia:
ArXiv/An Orbital House of Cards: Frequent Megaconstellation Close Conjunctions. Link
