En un veredicto que cierra el telón de un escándalo que paralizó el glamour de Singapur, el australiano Johnson Wen, de 26 años y apodado “Pyjamamann” en las sombras de las redes, fue condenado este lunes a nueve días de cárcel por irrumpir como un torbellino en la premiere asiática de Wicked: For Good, abalanzándose sobre Ariana Grande en un abrazo no consentido que revivió fantasmas de traumas pasados. El tribunal de distrito, bajo la mirada implacable del juez Christopher Goh, lo halló culpable de molestia pública, un cargo que en la estricta Singapur se erige como espada de Damocles contra el desorden que amenaza la armonía colectiva. Wen, un “intruso serial” según la fiscalía que lo tildó de cazador de clout sin remordimientos, saltó barreras metálicas el jueves 13 de noviembre en Universal Studios, envolviendo el cuello de la diva pop en un gesto que duró segundos eternos pero dejó ecos de pánico en una alfombra amarilla teñida de flashes y susurros aterrorizados. “Pensaste solo en ti, ignorando la seguridad ajena”, recriminó el magistrado, añadiendo dos días extras al pedido inicial por la premeditación de un acto que rozó el abismo, un castigo que, aunque breve, marca el fin de su racha de invasiones a conciertos de Katy Perry o The Weeknd, donde su sed de viralidad lo había blindado hasta ahora.
La sentencia, que Wen ya cumple tras declararse culpable sin pestañear, desata un clamor global contra la idolatría tóxica que transforma admiración en agresión, especialmente para Grande, cuya psique aún porta las cicatrices del atentado de Manchester en 2017 que segó 22 vidas y la dejó con trastorno de estrés postraumático. Flanqueada por Cynthia Erivo, quien la arrancó del asedio como una Elphaba protectora, la estrella de Glinda omitió el horror en su gira posterior, posando con sonrisas forzadas en Nueva York mientras fans claman por perímetros blindados en eventos de alto voltaje. Esta condena, que evade deportación pese a ruegos locales y podría salpicar con multas no detalladas, no apaga el fuego de la indignación: en Instagram, donde Wen presumió su “liberación” con corazones engañosos, miles lo lapidan como depredador digital, exigiendo que plataformas como Meta borren su rastro de “stunts” que monetizan el miedo ajeno. En las venas de Hollywood, donde premieres como esta de la secuela de Wicked –dirigida por Jon M. Chu y con Jeff Goldblum en el elenco– deberían ser altares de magia, no trampas de vulnerabilidad, esta sentencia susurra una advertencia: el fanatismo desbocado no conquista reinos, sino que encadena a sus artífices en celdas de reflexión forzada. Mientras Grande avanza hacia el estreno global el 21 de noviembre, prometiendo un Oz de empoderamiento femenino, el eco de nueve días tras rejas retumba como juramento: la verdadera victoria no es un abrazo robado, sino el coraje de quien, como Erivo, defiende el brillo de las estrellas contra las sombras que acechan.
