Un escalofriante ultimátum cruza el Río Bravo, donde la Casa Blanca ha dejado caer este jueves su intención de desplegar medidas adicionales contra el narcotráfico que se filtra desde México, un anuncio que resuena como un trueno en las relaciones diplomáticas ya tensas entre Washington y Ciudad de México, avivado por las recientes bravatas del presidente Donald Trump, quien se jactó de estar “orgulloso” de ordenar ataques directos contra capos en territorio azteca, ignorando por completo las advertencias de soberanía que brotan del Palacio Nacional.
La portavoz Karoline Leavitt, en una conferencia de prensa que destilaba diplomacia a medias, elogió los “avances históricos” de la presidenta Claudia Sheinbaum y su “enorme cooperación” en la contención de la inmigración ilegal y las rutas de las drogas, pero no tardó en soltar la bomba: el equipo de seguridad nacional de Trump revisa de cerca opciones más agresivas para golpear a los cárteles, recordando que esta cruzada es una promesa electoral al pueblo estadounidense, una promesa que ya ha cobrado 83 vidas en más de 20 operaciones contra narcolanchas en el Caribe y el Pacífico desde septiembre, y que ahora apunta con dedo acusador al corazón de México como el epicentro del “narcoterrorismo”.
Desde el otro lado del telón, Sheinbaum ha clavado los talones en la tierra de la independencia, proclamando con voz de acero que “no vamos a permitir” intervenciones militares extranjeras, ni siquiera si vienen envueltas en banderas de alianza, un rechazo que evoca fantasmas de invasiones pasadas y que choca frontalmente con el belicismo trumpista, donde asesores como Stephen Miller comparan la guerra contra los carteles con la cacería de Al Qaeda, insinuando que las “medidas sin precedentes” podrían escalar a designaciones terroristas y strikes unilaterales que conviertan la frontera en un polvorín.
El secretario de Estado Marco Rubio, en un intento por enfriar las aguas, descartó envíos de tropas y decisiones solas, pero el daño ya está hecho: en México, donde el narco devora comunidades enteras y la corrupción se enreda como hiedra en las instituciones, este pulso no es solo sobre fentanilo o marihuana, sino sobre el derecho inalienable a defender el propio suelo, mientras en Washington, la retórica de “promesa cumplida” alimenta un electorado sediento de acción que ve en el vecino no un socio, sino un problema con pasaporte mexicano.
Este vaivén diplomático, entre elogios fingidos y amenazas susurradas, pinta un panorama donde la cooperación bilateral se tambalea al borde del abismo, recordándonos que en el tablero geopolítico de Norteamérica, el flujo de dólares sucios no solo envenena venas, sino que pudre tratados y alianzas, dejando a Sheinbaum en una encrucijada donde ceder sería humillación y resistir, invitación a la tormenta perfecta.
