Un rayo de innovación gubernamental ilumina el horizonte de la administración pública mexicana, donde la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo desveló este 26 de noviembre en su conferencia matutina el ambicioso proyecto de “Coatlicue“, la supercomputadora pública más potente de América Latina, bautizada en honor a la diosa azteca de la vida y la muerte, que promete convertirse en el arma letal contra la evasión fiscal al automatizar el intercambio masivo de información entre el Servicio de Administración Tributaria (SAT) y las aduanas, un cruce de datos en tiempo real que desmantelará redes de fraude que hoy devoran miles de millones de pesos en un país donde la informalidad y la corrupción fiscal sangran el erario como heridas abiertas.
Sheinbaum, con la precisión de una ingeniera que conoce el poder de los algoritmos, detalló cómo “Coatlicue” —con una capacidad equivalente a 375 mil computadoras procesando simultáneamente— resolverá el cuello de botella actual, donde revisiones manuales en papel y sistemas obsoletos permiten que evasores operen con impunidad, cruzando facturas dudosas con importaciones ficticias o exportaciones fantasmas que eluden impuestos por cientos de millones anuales. “Imaginemos la cantidad de información que tiene el SAT; queremos cruzarla con aduanas de tal manera que todo sea automático”, enfatizó la mandataria, subrayando que esta máquina no solo agilizará verificaciones que hoy tardan meses, sino que detectará irregularidades en segundos, fortaleciendo la recaudación sin aumentar la carga tributaria a los contribuyentes honestos, un golpe quirúrgico que podría inyectar hasta 50 mil millones de pesos extras al presupuesto federal en su primer año de operación.
Pero el impacto de “Coatlicue” trasciende las finanzas: operada por un consorcio entre la Agencia de Transformación Digital y Telecomunicaciones (ATDT), la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (Secihti), el Instituto Politécnico Nacional (IPN) y centros como Infotec, esta bestia tecnológica se vinculará al Clúster Nacional de Supercómputo para abarcar frentes vitales como predicciones climatológicas que salven cosechas de sequías en Chihuahua, procesamiento de imágenes sísmicas para explorar petróleo en el Golfo, o planeación de siembras que combatan la inminente crisis alimentaria en el norte. Con una inversión inicial de 6 mil millones de pesos y un plazo de 24 meses para su instalación —iniciando en enero de 2026—, la supercomputadora generará un consejo directivo que regule su uso, asegurando que datos sensibles como los personales queden blindados contra fugas, un escudo ético que Sheinbaum juró como pilar de un gobierno que usa la inteligencia artificial para servir, no para vigilar.
Este anuncio no llega en vano a un México donde la evasión fiscal representa el 2.5% del PIB —alrededor de 600 mil millones de pesos anuales—, y donde escándalos como los de Ricardo Salinas Pliego con adeudos de 48 mil millones avivan el clamor por justicia tributaria. Sheinbaum, fiel a su herencia lopezobradorista, posiciona a “Coatlicue” como el corazón del Plan México, un ecosistema colaborativo con apoyo técnico del Centro para el Desarrollo de Cómputo Avanzado de India que atraerá inversiones privadas y catapultará al país al top mundial en procesamiento de datos, transformando la burocracia lenta en una máquina veloz que no solo caza evasores, sino que predice desastres y optimiza energías para un futuro sostenible.
En un contexto de protestas campesinas que bloquean carreteras por abandono agropecuario y demandas de transportistas por seguridad vial, la promesa de esta diosa digital resuena como un bálsamo tecnológico que podría desatorar no solo finanzas, sino la confianza en un Estado que, por primera vez, usa el big data como espada de equidad. Mientras el mundo observa cómo México salta a la vanguardia con una herramienta que honraría a su mitología ancestral, la pregunta que flota en el aire es si “Coatlicue” logrará lo que humanos solos no pudieron: tejer un manto de justicia fiscal que cubra a todos, desde el contribuyente humilde hasta el magnate esquivo.
