En un momento de cruda honestidad que dejó helados a los conductores de Fútbol Picante, el legendario entrenador Ricardo “Tuca” Ferretti abrió su corazón durante una transmisión en vivo de ESPN, revelando un torbellino de problemas económicos que lo han empujado al borde del abismo, confesando con voz entrecortada que ha lidiado con deudas abrumadoras y un estilo de vida austero que lo ha hecho sentir como si estuviera a un paso de la situación de calle, un eco doloroso de sus humildes inicios cuando, recién llegado de Brasil, durmió en bancas frente a la embajada para no rendirse en su sueño azteca.
Ferretti, quien pasó de esos días de penuria absoluta —cuando nadie en el Atlas lo quiso y se quedó sin un peso, durmiendo al raso por dos noches bajo la mirada indiferente de Guadalajara— a convertirse en el técnico mejor pagado de la Liga MX con Tigres, no ocultó el peso de sus actuales batallas financieras, atribuyéndolas a malas inversiones y el costo de mantener a una familia extensa en un México donde el éxito futbolero no siempre traduce en estabilidad perpetua. “He tenido que apretarme el cinturón hasta que duele, y sí, ha habido noches en que me pregunto si volveré a eso de la calle”, soltó el Tuca, visiblemente conmovido, mientras sus colegas en el set intentaban reconfortarlo, recordando cómo esa resiliencia lo forjó en un guerrero invencible en los banquillos.
Este desahogo no es un bache aislado en la trayectoria del brasileño-mexicano, quien ha navegado polémicas y glorias por igual: de expulsiones por mostrar la cartera a árbitros en plena final, a explosiones contra directivos como Ricardo Peláez por “jaladas” en la preparación de jugadores. Pero hoy, el foco está en su vulnerabilidad humana, un recordatorio de que detrás del rugido del Tuca late un hombre que, pese a siete títulos ligueros y un legado eterno en el fútbol norteño, enfrenta demonios silenciosos que lo hacen relatable para miles de aficionados que sueñan con el balón pero luchan con la cuenta bancaria vacía.
La confesión ha desatado una ola de solidaridad en redes y entre exjugadores, con figuras como André-Pierre Gignac —su eterno felino— enviando mensajes de apoyo privado, mientras Ferretti, fiel a su temple, prometió no rendirse: “El fútbol me dio todo, y yo le daré hasta el último aliento, aunque sea con el bolsillo roto”. En un deporte donde los héroes caen y se levantan, esta revelación del Tuca no solo humaniza a un ícono, sino que invita a reflexionar sobre la fragilidad detrás de las luces del estadio, donde el verdadero partido se juega fuera del verde.
