En un movimiento que sacude los cimientos del terror en las tierras purépechas, el secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch, descendió como un halcón sobre Morelia para encabezar una embestida sin cuartel contra las sombras que devoran Michoacán. Acompañado por el secretario de la Defensa Nacional, Ricardo Trevilla Trejo, y el gobernador Alfredo Ramírez Bedolla, la reunión en la imponente XXI Zona Militar se convirtió en el epicentro de una guerra declarada. No era un simple cónclave burocrático: era el nacimiento de la Operación Paricutín, un plan que evoca la furia volcánica para incinerar las raíces de la violencia que ha dejado pueblos en llamas y familias destrozadas. Bajo el manto del Plan Michoacán por la Paz y la Justicia, impulsado por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, esta iniciativa emerge como un rugido federal ante el clamor de protestas que exigen justicia por las víctimas de un estado asediado.
La chispa que encendió esta ofensiva brotó de la sangre inocente derramada en las últimas semanas, donde el crimen organizado ha cebado su hambre con líderes valientes. El alcalde de Uruapan, Carlos Manzo Rodríguez, un independiente que osó desafiar al narco con su coraje, fue acribillado el 1 de noviembre, desatando una ola de indignación que paralizó las calles. Apenas un mes antes, el 19 de octubre, Bernardo Bravo Manríquez, presidente de la Asociación de Citricultores del Valle de Apatzingán, cayó bajo las balas de César Sepúlveda Arellano, conocido como ‘El Botox’, cabecilla de Los Blancos de Troya, según reveló la Fiscalía estatal. Estos salvajes atentados no son aislados; son ecos de un infierno donde los cárteles extorsionan, secuestran y masacran, convirtiendo huertos de aguacate en campos de muerte y ríos en tumbas improvisadas. El pueblo, harto de velorios y barricadas, exigió acción, y el gobierno federal respondió con puños de hierro envueltos en estrategia.
Ahora, el foco de la ira nacional se centra en una docena de bestias criminales que fragmentan Michoacán como un rompecabezas sangriento, según mapas detallados trazados por el Ejército, la Fiscalía General de la República y la Fiscalía estatal. Al frente acecha el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), esa hidra implacable que siembra terror con drones y sicarios; le siguen Los Viagras, guardianes feroces de corredores de drogas; y La Familia Michoacana, reliquias fanáticas que invocan lealtades retorcidas. No se escapan Pueblos Unidos, Los Caballeros Templarios, el Cártel de Tepalcatepec, Los Blancos de Troya, el Cártel de Los Reyes, el Cártel de Acahuato, el Cártel de la Costa, el Cártel de Zicuirán y el Cártel de Los Correa, entre sombras como el Cartel X o Los Lolos. Cada uno, con sus alias y emblemas, ha tejido una red de extorsión que ahoga a productores y comunidades enteras, robando no solo vidas, sino el alma de un estado rico en historia y pobreza.
La maquinaria de la ofensiva no se limita a palabras: más de 12 mil efectivos del Ejército, la Marina y la Guardia Nacional se han desplegado como un enjambre letal, priorizando bastiones como Uruapan y Apatzingán, epicentros de la pesadilla. Helicópteros de la Fuerza Aérea Mexicana surcan los cielos, mientras vehículos blindados, drones de vigilancia y unidades desminadoras barren el terreno, acompañados de antridrones explosivos y buques en costas traicioneras. En una demostración de músculo inquebrantable, García Harfuch y Trevilla Trejo, tras la cumbre en Morelia, encabezaron un convoy por las arterias de Uruapan, inspeccionando retenes que ahora custodian el pulso de la ciudad. Alcaldes locales y el fiscal Carlos Torres Piña se unieron al pacto, prometiendo inteligencia compartida para desmantelar no solo células armadas, sino las finanzas y alianzas que sostienen estos monstruos.
Pero esta batalla trasciende las balas; es un asalto al corazón del mal que corroe la sociedad michoacana. El secretario de Gobierno estatal, Raúl Zepeda Villaseñor, advirtió que la lista de blancos podría engrosarse si surgen más hidras en la niebla, subrayando que la seguridad en Michoacán no tolerará medias tintas. Mientras las familias de Manzo y Bravo claman venganza desde altares improvisados, la Operación Paricutín se erige como faro de esperanza en la oscuridad, jurando recuperar pueblos cautivos y restaurar la paz que el narco ha profanado. En las venas de esta tierra, donde el volcán duerme pero ruge, el eco de la justicia comienza a retumbar, prometiendo que los culpables pagarán con el peso de la ley y el fuego de la determinación nacional.
