En un zarpazo que corta de tajo las venas del terror en las tierras aguacateras, el secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch, irrumpió este miércoles 19 de noviembre con la noticia que Michoacán aguardaba como un bálsamo en la herida abierta: la captura de Jorge Armando “N”, alias “El Licenciado”, el presunto autor intelectual que orquestó con frialdad quirúrgica el homicidio del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo Rodríguez, perpetrado el 1 de noviembre en el fragor del Festival de Velas del Día de Muertos. Detenido el 18 de noviembre en Morelia por un operativo federal que fusionó inteligencia cibernética y trabajo de campo implacable, este lugarteniente de una célula criminal directamente afiliada al Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) –esa hidra que extorsiona huertos verdes y siembra masacres como semillas de pánico– fungía como el mando supremo del complot, emitiendo órdenes letales desde un chat encriptado donde rugía “ultímenlo a como dé lugar”, presionando a reclutas inexpertos para que no titubearan ante multitudes ni escoltas. Harfuch, flanqueado por el fiscal estatal Carlos Torres Piña en una conferencia que retumbó como sentencia, detalló cómo “El Licenciado” –líder de una red que recluta menores y castiga disidencias con fosas en carreteras– coordinó cada paso: desde el hospedaje del sicario en un hotel céntrico hasta las rutas de escape que se evaporaron en la niebla de la impunidad, un guion que cobró siete vidas inocentes en una plaza que debería ser de velas, no de velorios.
Este arresto no es un paréntesis en la pesadilla michoacana: es el ariete que podría pulverizar la estructura del CJNG en Uruapan, epicentro de una guerra donde el narco disputa no solo aguacates, sino el alma de un estado asediado por extorsiones que ahogan productores y ejecuciones que dejan alcaldes como Manzo –un independiente de 42 años que osó desafiar con “mano dura” y demandas ignoradas de apoyo federal– como trofeos macabros. El menor sicario, Víctor Manuel “N”, de 17 años y reclutado forzosamente, fue abatido en el sitio por un policía que evitó una masacre mayor, pero no el escrutinio sobre escoltas que fallaron con “flexibilidad” sospechosa; sus cómplices, Ramiro “N” y Fernando Josué “N”, de 16 años, yacen sin vida desde el 10 de noviembre en la carretera Uruapan-Paracho, liquidados por los mismos jefes para silenciar cabos sueltos, con celulares destrozados que la balística federal reconstruyó como rompecabezas sangriento. Mientras el Gabinete de Seguridad despliega helicópteros y retenes que blindan la región, Grecia Quiroz, viuda de Manzo y ahora alcaldesa sustituta, clama desde el altar de su esposo: “Esto no borra el vacío, pero enciende la justicia que nos robaron”. En las venas de Michoacán, donde el volcán duerme pero el narco ruge, esta detención de “El Licenciado” –con un arsenal de cristal, armas y vehículos incautados como botín– jura no ser el último clavo: Harfuch promete desmantelar la hidra entera, congelar finanzas que sangran comunidades y un juramento nacional de que alcaldes como Manzo no caigan en vano, o la tierra misma se levantará en un infierno de indignación que el CJNG no apagará.
