Durante siglos creímos que la experiencia humana se explicaba a través de cinco sentidos básicos. Sin embargo, la ciencia contemporánea ha demostrado que la percepción humana es mucho más compleja, rica e interconectada. Lejos de funcionar de manera aislada, los sentidos trabajan en conjunto para construir nuestra realidad cotidiana, influyendo en cómo nos movemos, comemos, sentimos y comprendemos el entorno.
La experiencia humana es multisensorial
La percepción humana no se organiza en compartimentos estancos. No vemos, oímos ni tocamos de forma independiente. Cada experiencia cotidiana es el resultado de múltiples sentidos actuando de manera simultánea y coordinada. Cuando caminamos por la calle, por ejemplo, no solo utilizamos la vista para orientarnos: también intervienen el equilibrio, la propiocepción, el oído y sensaciones internas que informan sobre el estado del cuerpo. Esta integración constante permite que el cerebro construya una percepción coherente y funcional del entorno.
La ciencia ha demostrado que los sentidos se influyen mutuamente de formas sorprendentes. Lo que vemos puede modificar lo que oímos, y lo que olemos puede cambiar la forma en que percibimos una textura o un sabor. Un aroma concreto puede hacer que un alimento resulte más cremoso o que un producto cosmético se perciba como más suave al tacto. Estas interacciones forman parte del funcionamiento habitual del sistema perceptivo.
Sentidos humanos más allá de los cinco tradicionales
Más allá de la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto, el ser humano dispone de numerosos sentidos menos conocidos, pero esenciales. La propiocepción, por ejemplo, permite saber dónde se encuentran nuestras extremidades sin necesidad de mirarlas. Gracias a ella podemos movernos con precisión, mantener la postura y realizar acciones complejas de forma automática. El equilibrio depende del sistema vestibular del oído interno, en combinación con la vista y la propiocepción.
Otro sentido clave es la interocepción, que informa sobre los cambios internos del cuerpo, como el hambre, la sed o el ritmo cardíaco. A ello se suma el sentido de agencia, que nos permite reconocer que somos los autores de nuestros movimientos, y el sentido de pertenencia corporal, que nos hace identificar nuestro cuerpo como propio.
Estos sentidos suelen pasar desapercibidos porque funcionan de manera constante y eficaz. Reconocer su existencia amplía nuestra comprensión de la percepción humana y cuestiona la visión simplificada basada únicamente en cinco sentidos.
El sabor como ejemplo de percepción sensorial integrada
El gusto es uno de los mejores ejemplos de cómo los sentidos trabajan juntos. Aunque solemos atribuir el sabor exclusivamente a la lengua, en realidad se trata de una experiencia multisensorial compleja. La gustación detecta lo dulce, salado, ácido, amargo y umami, pero los sabores específicos, como fresa, mango o chocolate, dependen en gran medida del olfato.
Durante la masticación o al beber, los compuestos aromáticos viajan desde la boca hasta la nariz mediante la olfacción retronasal, un proceso clave en la percepción del sabor. A esto se suman las sensaciones táctiles: textura, temperatura y viscosidad influyen directamente en cómo percibimos los alimentos y en nuestras preferencias.
Incluso el sonido puede alterar el sabor. El ruido intenso reduce la percepción de lo dulce o salado, pero no del umami, lo que explica por qué ciertos alimentos, como el tomate, resultan más agradables en entornos ruidosos como un avión.

La idea de que los seres humanos solo disponemos de cinco sentidos ha quedado obsoleta. La percepción humana es el resultado de una red compleja de sistemas sensoriales que trabajan de forma integrada. Comprender cómo funcionan estos sentidos no solo amplía nuestro conocimiento científico, sino que nos ayuda a experimentar el mundo con mayor conciencia y profundidad.
Referencia:
- Rethinking the senses and their interactions: the case for sensory pluralism. Link.
