En las tinieblas asfixiantes de Guanajuato, donde el polvo de las calles se mezcla con el hedor del miedo, un video escalofriante irrumpió como un puñetazo en el estómago de las redes sociales, revelando el dominio salvaje del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) sobre un submundo de sombras y desesperación: un grupo de jóvenes mujeres, presas en la telaraña del negocio de escorts, fueron obligadas a arrodillarse con manos atadas a la espalda, mientras encapuchados armados hasta los dientes las encañonaban con el frío acero de pistolas que no perdonan ruegos ni lágrimas. El clip, filtrado como veneno en Twitter por un periodista que osó iluminar la oscuridad, captura un ritual de sumisión brutal que no deja resquicios para la piedad: hombres con chalecos tácticos y rostros ocultos por pasamontañas, reliquias de una guerra que el CJNG libra no solo por drogas, sino por el control de cuerpos y almas en un estado devorado por la hidra criminal. “Esto es para que sepan que este negocio de las escorts tiene dueño”, bramó uno de los verdugos con voz que corta como navaja, un decreto de terror que transforma a las víctimas –jóvenes de rostros demacrados por el hambre de supervivencia– en marionetas de un imperio que extorsiona no solo plazas, sino la carne misma de la vulnerabilidad.
El horror se desenvuelve en un crescendo de pánico visceral: las mujeres, temblando como hojas en vendaval, suplican entre sollozos mientras el líder del escuadrón las obliga a reportar semanalmente, rastreadas como presas con brazaletes electrónicos que convierten su libertad en ilusión frágil. “A toda aquella que no haga caso se la va a cargar la…”, amenaza el encapuchado, dejando la sentencia colgando como espada de Damocles, antes de forzar a una de ellas al suelo en un acto de humillación suprema, donde la joven, con voz quebrada por el abismo del terror, implora “¡No me mates!” en un eco que perfora el alma. Este no es un arrebato aislado en el tapiz sangriento del CJNG –ese leviatán perseguido por México y Estados Unidos por miles de ejecuciones y ríos de fentanilo–: es el rostro crudo de un control territorial que devora el oficio de las escorts, convirtiéndolo en campo minado donde la desobediencia se paga con balas o fosas anónimas. Sin detenciones reportadas ni respuesta inmediata de autoridades que parecen sordas ante el rugido de las armas, el video se erige como grito ahogado de un Guanajuato sitiado, donde el narco no solo trafica muerte, sino que dicta el precio de la supervivencia femenina en un submundo que clama por un escudo que nunca llega.
Pero esta humillación trasciende las rodillas en el polvo: es el pulso envenenado de una nación donde el CJNG extiende sus garras no solo a huertos de aguacate o laboratorios de cristal, sino a la intimidad fracturada de mujeres que navegan el borde de la pobreza con cuerpos como moneda de cambio. Las jóvenes, anónimas en su agonía pero eternas en su coraje, representan el costo humano de un cártel que, con videos como este, no solo aterroriza, sino que presume su reinado en chats encriptados y plazas digitales. Autoridades federales, con la Secretaría de Seguridad Pública en vilo, prometen operativos que suenan a ecos vacíos, mientras el gobernador de Guanajuato contiene el aliento ante un estado que sangra por grietas de impunidad. En las venas ardientes de México, donde el feminicidio y la extorsión se confunden en un mismo infierno, este encañonamiento no es noticia fugaz: es el himno de una rebelión contenida, jurando que las voces de las arrodilladas no se apagarán en el silencio de la sumisión, sino que retumbarán hasta que el CJNG, con sus dueños invisibles, caiga bajo el peso de una justicia que, por fin, no mire para otro lado.
Mientras el sol abrasador de Guanajuato ilumina grafitis de venganza en muros desconchados, el eco de este video resuena como advertencia: el negocio de escorts no es solo comercio prohibido, sino campo de batalla donde el narco dicta lealtades con plomo y brazaletes. Las mujeres, con manos atadas pero espíritus indómitos, claman por un México que las levante no como presas, sino como ciudadanas blindadas contra la hidra que las devora. El CJNG, con su historial de masacres y drones asesinos, ve en estas humillaciones no solo control, sino propaganda que aterroriza a rivales y reclutas por igual, un ciclo que la federación jura romper con inteligencia y balas que no fallen. En un país donde miles de madres velan por hijas perdidas en el abismo, este acto de terror se transforma en catalizador de furia colectiva: que las rodillas en el suelo sean las últimas, y que Guanajuato, cuna de leyendas y lutos, despierte con un rugido que el cártel no silenciará.
