En un vendaval de goles que arrasó como un huracán atlántico sobre el desierto qatarí, la selección portuguesa Sub-17 desmanteló con cruel precisión a un México que soñaba con hazañas imposibles, infligiendo un 5-0 demoledor en los octavos de final del Mundial Sub-17 que dejó al Tri postrado en la lona de Doha, con el orgullo hecho trizas y el camino a cuartos evaporado en menos de 90 minutos de pesadilla absoluta. Bajo las luces cegadoras del estadio Aspire Zone, el pitazo inicial a las 07:00 horas del centro de México se convirtió en el réquiem de una generación que, apenas 72 horas antes, había tumbado a la invicta Argentina en penales para avivar ilusiones de revancha histórica. Pero Portugal, ese coloso ibérico forjado en academias implacables, no dio tregua: al minuto 36, un penal inexorable transformado por Mateus Mide abrió la herida, seguida de un codazo rojo que expulsó al zaguero mexicano, dejando al equipo de Carlos Cariño con 10 gladiadores en un coliseo donde cada contra rival era un latigazo letal. El primer tiempo se cerró en 1-0, pero el descanso sirvió solo de respiro efímero, mientras en las gradas mexicanas –llenas de tricolores que viajaron con el eco de 2005 y 2011 en los oídos– el murmullo de fatalidad comenzaba a ahogar los cánticos de aliento.
La segunda mitad fue un calvario sin redención, un desfile de humillaciones que Portugal orquestó con la frialdad de un relojero suizo: al 81′, Zeega perforó la red con un derechazo que hizo temblar las redes; tres minutos después, Miguel Figueiredo clavó el tercero tras un pase quirúrgico de Mide, el verdugo eterno de la zaga tricolor; y al 85′, Yoan Pereira selló el cuarto con un remate que bailó entre piernas estáticas. Pero el colmo de la ignominia llegó al 88′, cuando el portero Santiago López vio la roja por una salida torpe que dejó a México con nueve almas en el campo, un epílogo que solo avivó el fuego portugués para que Pereira remachara el quinto en tiempo añadido, un clavo final en el ataúd de un torneo donde el Tri había clasificado por fair play tras un grupo irregular contra Corea del Sur y Japón. Jugadores como Gael Álvarez y Luis Gamboa –el héroe de dobles en octavos previos– se extinguieron en la niebla de errores colectivos, mientras el banquillo de Cariño gritaba ajustes que el viento del Golfo se llevaba como promesas vanas. Portugal, invicto y letal, avanza ahora a cuartos contra el vencedor de Suiza-Irlanda, un duelo que pinta de favoritismo a los lusos en un bracket que huele a final europea.
Esta masacre no es solo números en un marcador; es un espejo cruel que refleja las grietas crónicas del semillero mexicano, donde talentos como De Nigris o Villa brillan en fogonazos pero se apagan ante la maquinaria europea que devora sueños con pases milimétricos y presiones asfixiantes. La Federación Mexicana de Fútbol, en un comunicado tibio que evoca velorios prematuros, aplaudió el “esfuerzo” del Tri, pero el silencio de la afición –de la que 11 mil almas se congregaron en pantallas gigantes de la CDMX– grita lo contrario: ¿dónde quedó la garra que tumbó a Inglaterra en 2011? ¿Por qué el relevo generacional se ahoga en expulsiones y penales fatales? En las redes, donde #TriSub17 se tiñó de memes y lamentos, el veredicto popular es unánime: esta eliminación duele como un puñetazo en el hígado, un recordatorio de que el fútbol base mexicano, pese a sus academias y visores, cojea ante el rigor táctico de potencias que invierten en canchas verdes lo que nosotros derrochamos en promesas vacías.
Mientras el avión del Tri regresa a un México que ya mira al 2026 con resaca de Qatar, Portugal celebra en Doha con el rugido de un león que huele sangre, y el mundo del balompié susurra que los octavos fueron el techo de una camada que merecía volar más alto. Pero en el fondo de esta derrota late una lección salvaje: el fútbol no perdona complacencias, y México, con su historia de subcampeonatos y coronas juveniles, debe reinventarse o condenarse a ser eterno eterno aspirante. Los chavos de Cariño, con lágrimas que lavan el sudor de la batalla, se convierten en mártires involuntarios de un sistema que clama por autopsia: más minutos en Europa para los juveniles, menos egos en los banquillos y un scouting que no se limite a bodas con Chivas o América. En las venas ardientes de un país futbolero hasta la médula, esta humillación no es el fin, sino el catalizador de una furia que promete renacer: porque en el Tri, las caídas duelen, pero las remontadas son legendarias. Y mientras Portugal avanza, México ya sueña con la revancha, jurando que el próximo Mundial no será tumba, sino pedestal de gloria reconquistada.
