Hace más de 400 millones de años, cuando la Tierra aún no conocía los árboles, un organismo colosal dominó los paisajes terrestres. Prototaxites surgió en un mundo primitivo y silencioso, dejando fósiles que aún hoy desconciertan a la ciencia por su tamaño, estructura y origen evolutivo.
Un organismo real, pero profundamente anómalo: Prototaxites
Los fósiles atribuidos a Prototaxites aparecen en rocas del Devónico temprano, una época en la que las plantas terrestres apenas comenzaban a expandirse. Algunas estructuras alcanzaron hasta 8 metros de altura, convirtiéndose en las formas más grandes de la vida terrestre conocida de su tiempo.
Durante décadas, los científicos intentaron clasificar estos restos dentro de los grandes grupos biológicos modernos. Su forma columnar recordaba a un tronco, pero carecía de tejidos vasculares. Tampoco coincidía plenamente con algas, generalmente asociadas a ambientes acuáticos.
Estudios estructurales detallados revelaron una organización interna irregular, formada por tubos entrelazados sin un patrón consistente. Esta arquitectura no coincide de forma exacta con plantas, animales ni con la mayoría de los hongos actuales.
Investigaciones publicadas en Review of Palaeobotany and Palynology indicaron además que no producía su propio alimento, descartando una fisiología fotosintética. Esto reforzó la idea de un organismo heterótrofo con una estrategia ecológica aún poco comprendida.
Análisis más recientes en Science Advances concluyeron que los fósiles estudiados son distintos de los hongos actuales, lo que llevó a una afirmación clave: Prototaxites fue real, pero también biológicamente extraño.
La hipótesis del hongo gigante y sus límites

Durante años, la explicación más aceptada sostuvo que Prototaxites correspondía a un hongo de tamaño extremo. Esta interpretación se apoyó principalmente en análisis isotópicos de carbono publicados en Proceedings of the Royal Society B.
Los resultados sugieren una nutrición heterótrofa, consistente con la descomposición de materia orgánica, una estrategia típica de los hongos. En un mundo sin árboles ni competencia vegetal, una forma de vida de estas dimensiones habría prosperado con facilidad.
Sin embargo, esta hipótesis enfrenta problemas. Algunos estudios no han identificado de forma concluyente quitina, un componente estructural fundamental de los hongos modernos. Aunque la fosilización puede degradar estas señales químicas, la ausencia no puede ignorarse.
Además, el tamaño y la complejidad observados no tienen equivalentes claros hoy, lo que sugiere la existencia de formas extintas muy diferentes. Por ello, aunque influyente, esta explicación no explica completamente todas las anomalías.
¿Un linaje extinto sin equivalentes modernos?

Otra línea de investigación plantea que Prototaxites pudo formar parte de un linaje eucariota extinto, distinto de plantas, animales y hongos modernos. Esta hipótesis no propone ciencia ficción, sino una rama evolutiva que no dejó descendientes vivos.
Los investigadores destacan que su combinación de química interna, estructura y crecimiento no coincide plenamente con ningún grupo actual. Esto sugiere que los primeros ecosistemas terrestres pudieron albergar organismos complejos hoy completamente desaparecidos.
Una hipótesis alternativa propone que estas estructuras eran una estructura formada por tapetes de organismos más pequeños, como hepáticas y comunidades microbianas, compactadas a lo largo del tiempo. Aunque plausible, esta explicación sigue siendo debatida.
En conjunto, los datos respaldan una idea inquietante: la diversidad biológica del pasado fue mayor de lo que refleja la vida moderna.
Más que una rareza fósil, Prototaxites representa una ventana a un pasado donde la evolución experimentó caminos hoy extintos. La evidencia científica no ofrece una respuesta definitiva, pero sí confirma algo esencial: la historia temprana de la vida terrestre fue más compleja, diversa y enigmática de lo que solemos imaginar.
Referencia:
Review of Palaeobotany and Palynology/Chemotaxonomy of Prototaxites and evidence for possible terrestrial adaptation. Link
