El alza en los combustibles se ha convertido en un auténtico dolor de cabeza para la Dirección de Servicios Públicos Municipales, donde el margen de maniobra se ha reducido al mínimo y los responsables operativos hacen malabares para mantener en circulación las unidades de recolección y mantenimiento. Lo que no se contempló en el presupuesto anual hoy pesa como una losa: cuadrillas trabajando con recursos limitados, rutas ajustadas al extremo y una operación que avanza apenas con lo indispensable, en medio de una incertidumbre creciente.
Mientras tanto, desde el municipio no hay señales claras de un plan emergente que permita sortear el impacto financiero, más allá de la consigna de “administrar mejor” el combustible, como si eso fuera suficiente ante una escalada de precios que no da tregua. El riesgo ya no es hipotético: en colonias alejadas comienzan a resentirse los retrasos en servicios básicos, y el desajuste entre lo que la ciudadanía exige y lo que la administración puede ofrecer se perfila como una crisis latente, una de esas que se incuban en silencio hasta que terminan por estallar.
Durante meses —largos, silenciosos, prudentes, casi zen— el alcalde de Chihuahua, Marco Bonilla, había perfeccionado el noble arte de la tibieza política: ver, oír y, sobre todo, no decir. Una disciplina que, dicen los malpensados, se cultiva entre el respeto institucional… y ese ligero temblor que provoca hablar de más cuando se trata de la inquilina de Palacio Nacional, Claudia Sheinbaum.
Pero algo pasó. Tal vez fue el clima, tal vez el café de la mañana, o quizá ese impulso repentino que hace que uno diga: “ya estuvo suave”. El caso es que Bonilla, quien hasta hace poco parecía practicar el deporte olímpico de esquivar cualquier crítica directa, finalmente decidió aventarse… y no con clavado discreto, sino con todo y maroma.
Y es que ahora sí, el alcalde salió a defender la democracia como si acabara de descubrirla en oferta: que el voto debe ser libre, que el ciudadano decide cuándo ejercerlo, que no debe haber influencia desde el poder… en fin, un discurso que suena tan correcto que uno se pregunta dónde había estado guardado todo este tiempo.
Porque claro, decir que “no se vale la intromisión del gobierno” es una frase potente… sobre todo cuando viene después de meses de observar el panorama nacional con la serenidad de quien no quiere hacer olas. Pero bueno, más vale tarde que nunca, dicen por ahí.
Según Bonilla, el Gobierno Federal —léase, Morena, la 4T y compañía— anda medio nervioso porque las encuestas no les sonríen tanto como quisieran, y por eso, acusa, la presidenta busca convertirse en la “gran candidata” que arrope a los suyos. Vaya, una interpretación que mezcla análisis político con un toque de drama digno de telenovela electoral.
También hubo espacio para el ya clásico: el “Plan B” electoral. Ese que, según el alcalde, tiene “errores profundos”. Tan profundos, de hecho, que uno esperaría que hubiera empezado a señalarlos… hace meses. Pero no hay prisa, total, la crítica también puede ser retroactiva.
Eso sí, Bonilla no se fue completamente al ruedo sin red: dejó claro que será el Poder Legislativo el que decida. Una especie de “yo opino, pero ustedes sabrán”, que permite lanzar el dardo sin comprometerse a recogerlo.
Al final, lo más llamativo no es lo que dijo —que, siendo honestos, es el ABC de cualquier discurso opositor—, sino el momento en que decidió decirlo. Porque en política, el timing lo es todo, y pasar de la cautela extrema al cuestionamiento frontal no es evolución… es casi una revelación.
Así que bienvenido sea este nuevo Bonilla: más crítico, más suelto, menos diplomático. Falta ver si esta versión llegó para quedarse… o si fue solo un arranque momentáneo, de esos que se dan cuando la tibieza, finalmente, se enfría.