Aunque el calendario electoral aún marca distancia, en el Partido Acción Nacional de Chihuahua la carrera por la alcaldía ya dejó de ser un secreto a voces y comenzó a librarse, como en los tiempos modernos, desde las redes sociales. No hay registros oficiales, ni convocatorias abiertas, pero basta recorrer los muros de militantes, simpatizantes y operadores políticos para confirmar lo evidente: la contienda interna está en marcha.
Las publicaciones se repiten con una frase corta, directa y cada vez menos disimulada: “Voy Jáuregui”. A veces acompañada de un “además”, otras de una misteriosa “c” minúscula que, más que un error ortográfico, parece un guiño deliberado a César. No se trata de mensajes espontáneos; el patrón es claro y coordinado, una forma de mostrar respaldo sin cruzar la línea de la promoción anticipada.
El fiscal general del estado, César Jáuregui, se ha convertido en el eje de esta narrativa digital. No es casualidad. Diversas mediciones lo colocan como el perfil mejor posicionado entre los posibles candidatos panistas a la alcaldía de Chihuahua, con una ventaja sostenida en las preferencias internas.
Del otro lado, la diputada federal María Angélica “Manque” Granados también cuenta con una base sólida de respaldo, particularmente entre cuadros jóvenes, mujeres panistas y grupos que ven en ella una opción de continuidad con rostro ciudadano. Sus simpatizantes han optado por una estrategia distinta: publicaciones más institucionales, fotografías de trabajo legislativo y mensajes que resaltan su experiencia en la administración municipal.
Así, la contienda azul se ha polarizado en dos nombres, dos estilos y dos formas de construir posicionamiento. De un lado, la estructura que respalda al fiscal, con mensajes directos y consignas fácilmente replicables; del otro, una narrativa que busca proyectar a Granados como una figura de cercanía social y perfil técnico.
Lo interesante es que ninguno de los dos ha levantado formalmente la mano, pero ambos están presentes todos los días en el ecosistema digital panista. La militancia lo sabe y lo comenta en privado: la verdadera competencia no es contra Morena ni contra otros partidos, sino dentro del propio PAN.
Las redes sociales se han convertido en el nuevo termómetro de la política local. Ahí no hay discursos largos ni ruedas de prensa; hay emojis, frases cortas y letras aparentemente inocentes que, en realidad, funcionan como señales de alineamiento político. El viejo acarreo fue sustituido por el “like” y el retuit.
Lo que está ocurriendo en Chihuahua no es un fenómeno aislado, sino un reflejo de cómo los partidos han adelantado sus procesos internos sin violar, al menos en apariencia, la legislación electoral. Se promueve sin pedir el voto, se apoya sin declarar candidatura y se posiciona un nombre sin decir explícitamente para qué.
La pregunta no es si habrá competencia interna en el PAN, sino cuándo dejará de ser subterránea. Porque hoy, mientras los simpatizantes escriben “voy Jáuregui” o comparten imágenes de Manque Granados, la decisión real se está construyendo a la vista de todos, aunque nadie lo reconozca públicamente.
En política, las campañas ya no empiezan con un registro ante la autoridad electoral, sino con una publicación en Facebook. Y en Chihuahua, ese primer disparo ya se escuchó.
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Pocas veces una historia local logra cruzar fronteras sin perder su esencia. El sotol, ese destilado orgullosamente norteño que durante décadas fue conocido solo en ranchos, vinatas y reuniones familiares del desierto, hoy se sirve en bares de Nueva York, Londres o Tokio. Y en buena medida, ese salto global tiene un nombre inesperado: Lenny Kravitz.
El músico estadounidense no solo probó la bebida; decidió apostar por ella. Se convirtió en socio y rostro de Nocheluna, una marca que se elabora de manera artesanal en Aldama, Chihuahua, de la mano de maestros sotoleros que representan generaciones de tradición.
Lo relevante no es únicamente la celebridad detrás del proyecto, sino lo que eso significa para el estado. Durante años, el sotol fue una bebida incomprendida, incluso perseguida en ciertos periodos de la historia. Hoy, gracias a proyectos como este, se presenta ante el mundo como lo que siempre ha sido: un destilado complejo, elegante y profundamente ligado al desierto chihuahuense.
Que una figura de talla internacional se involucre no es un gesto superficial. Kravitz no solo prestó su imagen; se integró a un proyecto que respeta los procesos tradicionales: plantas que tardan entre 12 y 15 años en madurar, cosecha manual, fermentación natural y doble destilación en alambiques de cobre. Esa narrativa de autenticidad es, precisamente, la que ha conquistado a los mercados internacionales.
Para Chihuahua, esto representa algo más que una estrategia de marketing: es una validación cultural. En una industria donde el tequila y el mezcal dominan la conversación global, el sotol estaba condenado a la sombra. Sin embargo, la alianza entre productores locales y una figura global abrió una ventana que antes parecía impensable.
El desierto, que muchas veces ha sido visto como símbolo de aislamiento o de dureza, se transformó en un elemento de valor. El propio proyecto resalta que el carácter del sotol proviene del “terroir del desierto chihuahuense”, una región cuya flora y clima le dan al destilado un perfil único, mineral y herbal.
Y ahí radica lo poderoso de esta historia: Chihuahua no se adaptó al mercado global; fue el mercado global el que comenzó a mirar hacia Chihuahua.
La participación de Kravitz también cambió la percepción del sotol dentro de México. Lo que durante años fue visto como una bebida regional, hoy se posiciona en el segmento premium, con botellas que compiten en precio y prestigio con los mejores mezcales. La presencia de una celebridad funciona como un amplificador mediático, pero el contenido —la calidad del producto— sigue siendo profundamente chihuahuense.
Hay quienes cuestionan la entrada de figuras extranjeras en productos tradicionales. Sin embargo, en este caso la ecuación parece distinta: la producción sigue en manos de maestros locales, la materia prima proviene del desierto y la denominación de origen protege el proceso. La visibilidad internacional no sustituyó la tradición; la proyectó.
Para un estado que durante años ha luchado contra estigmas de violencia o marginación, historias como esta ofrecen una narrativa alternativa: la de un territorio capaz de exportar cultura, identidad y excelencia.
No todos los días una estrella del rock decide invertir en una bebida que nace entre matorrales, sol inclemente y noches heladas. Pero cuando eso ocurre, el mensaje es claro: el valor de Chihuahua no solo está en sus recursos naturales, sino en su historia, en sus oficios y en la gente que los ha preservado.
Hoy, cada botella de sotol que se abre en el extranjero cuenta, sin palabras, una historia del norte de México. Y en esa historia, el nombre de Chihuahua ya no aparece en letras pequeñas, sino en el centro de la etiqueta y en la conversación global.