Lo ocurrido con la manifestación encabezada por Virginia Márquez y Belem Mendoza vuelve a poner sobre la mesa un tema que incomoda, pero que ya no se puede ignorar: el hartazgo ciudadano. Aunque no es la manera correcta, cada vez son más los que pierden la paciencia al ver cómo unos cuantos pueden paralizar el primer cuadro de la ciudad por intereses personales, mientras la autoridad municipal —policía o vialidad— permanece rebasada o simplemente ausente. Lo sucedido, cuando un camionero decidió avanzar ante el bloqueo sin que pasara a mayores, no es motivo de aplauso, pero sí un reflejo claro de que la tensión social está llegando a un punto límite.
La incongruencia del movimiento también terminó por encender más los ánimos. Resulta difícil pedir solidaridad cuando, en los hechos, se le niega el paso a un vehículo que trasladaba a una menor en estado grave, bajo el argumento de que “tenía que dar la vuelta”. Esa desconexión con la realidad terminó por debilitar su causa. Al final, el plantón fue levantado tras una respuesta de la COESVI, cuyo titular negó cualquier tipo de presión o extorsión, asegurando que se trata de una dinámica recurrente. Pero el fondo del problema sigue intacto: una ciudadanía cansada, autoridades rebasadas y conflictos que, lejos de resolverse, parecen repetirse una y otra vez.
En los pasillos de Palacio de Gobierno ya no se habla en voz baja. Militantes panistas de la actual administración comienzan a marcar distancia y a dejar clara una inconformidad que, dicen, no es menor: no quieren que la candidatura rumbo a 2027 recaiga en alguien a que no se identifica con las filas blanquiazules. La posible postulación de alguien externo al PAN ha encendido comentarios, gestos y, sobre todo, resistencias internas que se acumulan con discreción, pero con firmeza.
La exigencia, según quienes se dicen inconformes, es simple en el discurso pero compleja en la práctica: que el abanderado sea un panista de origen, formado dentro del partido y con trayectoria reconocida en sus filas. En ese ánimo, sostienen que no hay un perfil único ni imprescindible, y que cualquiera que cumpla con esa identidad podría asumir el papel. Más que nombres, lo que se está disputando es el sentido de pertenencia y la definición de quién representa realmente al panismo en un escenario donde las lealtades, aseguran, comienzan a ponerse a prueba.
Algo está cambiando en la dinámica pública del alcalde de Chihuahua, Marco Bonilla. Y no precisamente para bien en términos de apertura. En los últimos días, ha comenzado a tomar forma una estrategia que apunta a reducir la presencia de medios de comunicación en sus eventos, privilegiando encuentros más cerrados, menos expuestos… y, por supuesto, más controlados.
La justificación no se dice abiertamente, pero se entiende entre líneas: evitar momentos incómodos. La semana pasada quedó evidencia de que al edil no le sienta bien la “carrilla”. Bastaron algunas preguntas incómodas —provenientes, según se acusa, de perfiles afines a Morena— para que el tono se tensara y la paciencia se agotara. El episodio dejó más que claro que la confrontación directa no es terreno cómodo para quien encabeza el municipio.
Y es ahí donde surge la decisión: menos agenda pública, menos micrófonos abiertos, menos posibilidad de que alguien “se salga del guion”. Una lógica política comprensible, pero peligrosa. Porque cuando se cierra la puerta a unos, se termina cerrando para todos. No hay filtro fino que distinga entre el periodista crítico y el incómodo profesional; en la práctica, como dice el viejo dicho, pagan justos por pecadores.
El problema de fondo no es la incomodidad del momento, sino el mensaje que se envía. Un gobierno que opta por blindarse de la prensa proyecta fragilidad. Más aún cuando se trata de una administración que ha buscado posicionarse como cercana a la ciudadanía. ¿Cómo sostener ese discurso si se limita el acceso a quienes, para bien o para mal, funcionan como puente con la opinión pública?
Porque sí, hay periodistas incómodos. Siempre los ha habido. Algunos con agenda, otros con estilo frontal. Pero la política —la buena política— no se construye evitando preguntas, sino enfrentándolas. Y en ese terreno, cerrar espacios puede ser un alivio momentáneo, pero también un costo a mediano plazo.
Al final, la pregunta queda en el aire: ¿es esta una medida temporal tras un mal episodio, o el inicio de una nueva forma de gobernar, más hermética y menos tolerante? Porque si la respuesta es lo segundo, entonces el problema ya no será la carrilla… sino el silencio.