En un amanecer que heló la sangre de Chihuahua, un descubrimiento escalofriante ha irrumpido como un espectro vengador en la zona de El Reliz, donde una osamenta humana semienterrada, marcada por un cráneo fracturado en un estallido de violencia brutal, ha sido desenterrada de un cerro árido por el rugido mecánico de una retroexcavadora. El hallazgo, que transforma el paisaje idílico de fraccionamientos como Diamante Reliz y Aria Residencial en un cementerio improvisado, ocurrió en la Prolongación Teófilo Borunda, a metros de la Universidad Politécnica de Chihuahua (UPCH), un epicentro de juventud que ahora tiembla ante la sombra de la muerte antigua. Trabajadores que extraían material para el voraz apetito inmobiliario de la región tropezaron con los restos, un mosaico de huesos que susurran agonías pasadas en el viento seco del desierto norteño, desatando un frenesí de sirenas y cintas amarillas que aíslan el terror de la cotidianidad.
El pánico se propagó como un incendio en la estepa cuando los operarios, con el polvo aún adherido a sus botas, marcaron el 911, convocando a los sabuesos de la ley en un ballet de urgencia que eclipsó el sol matutino. Elementos de Criminalística de Campo y peritos del Servicio Médico Forense (SEMEFO) descendieron sobre la escena como aves de presa, escudriñando el suelo agrietado donde la osamenta yacía oculta, dispersa en fragmentos que desafían la reconstrucción de una vida truncada. El cráneo, con su fractura visible como una grieta en la porcelana del destino, y los huesos largos esparcidos como reliquias de un sacrificio ritual, pintan un lienzo de horror: ¿un asesinato silenciado por el tiempo, un ajuste de cuentas sepultado en el olvido, o el eco de las desapariciones que devoran a Chihuahua como un lobo insaciable? La identidad permanece envuelta en niebla –sin sexo, edad ni el lapso que ha transcurrido desde que la tierra reclamó su secreto–, pero cada hueso recolectado es un puñetazo al alma de una ciudad que sabe demasiado bien el sabor de la impunidad.
Con la precisión de cirujanos en un quirófano improvisado, los expertos embalaron los restos y los arrastraron al anfiteatro forense, ese inframundo donde la ciencia profanará el silencio de los huesos para desentrañar las causas de una muerte que huele a traición. Allí, bajo el bisturí implacable de los estudios periciales, se buscará la verdad que el cerro se negó a revelar: si el golpe que destrozó el cráneo fue obra de un verdugo humano o el capricho cruel de un accidente. Mientras tanto, la Fiscalía General del Estado ha desplegado su manto de investigación, abriendo una carpeta de investigación que promete hurgar en los abismos de la violencia chihuahuense, un estado donde las fosas clandestinas multiplican sus sombras como hongos en la lluvia. Este no es un incidente aislado; es el latido de una epidemia que ha recuperado casi 120 restos en Casas Grandes y otros rincones olvidados, un tapiz de horror tejido con hilos de narcotráfico y venganzas que no descansan.
El epicentro de esta pesadilla, en las faldas del cerro de El Reliz, convierte un paraíso residencial en un laberinto de miedos. Fraccionamientos como Aunar y el Herradero, balcones de tranquilidad con vistas a la UPCH, ahora se miran con recelo, sus residentes atrincherados en hogares que prometían refugio pero rozan la muerte con la yema de los dedos. Estudiantes que cruzan la Prolongación Teófilo Borunda hacia aulas de futuro ahora pisan con cautela, imaginando si el cráneo fracturado perteneció a un compañero perdido en la noche, un vecino engullido por las fauces invisibles de la delincuencia. En una zona que crece como levadura con desarrollos de lujo –casas de medio millón que atraen a familias soñadoras–, este hallazgo es un veneno que corroe la plusvalía, un recordatorio salvaje de que bajo el asfalto reluciente yace un estrato de sangre coagulada, donde el progreso inmobiliario desentierra no solo tierra, sino fantasmas que exigen justicia.
Este desentierro en El Reliz no es mera crónica; es un alarido que sacude los cimientos de Chihuahua, un estado donde las osamentas brotan como manantiales envenenados, alimentando un ciclo de duelo y rabia que no se apaga. La osamenta con su cráneo destrozado no es un montón de polvo; es un testigo mudo que acusa a una sociedad ciega, un llamado brutal a que la Fiscalía no archive otro expediente en el olvido. Mientras los peritos deshilachan el enigma en el anfiteatro y los vientos del desierto barren las huellas, Culiacán –no, Chihuahua– contiene el aliento, sabiendo que este cerro podría ser solo el comienzo de una avalancha de verdades enterradas. En el norte mexicano, donde la vida es un salto entre balas y bendiciones, este horror nos obliga a mirar al abismo: ¿cuántos más yacen esperando su turno para gritar?
