Al encender la luz del patio trasero una noche cualquiera, una mujer se topó con una imagen que la dejó sin palabras: un pequeño zorro rojo yacía plácidamente estirado sobre los cojines del mueble exterior, como si hubiera reclamado ese rincón como su propio refugio. El animal parecía profundamente relajado, con los ojos cerrados y la respiración serena, disfrutando de la suavidad y el abrigo que le ofrecían los almohadones.
Ella se quedó observándolo desde la puerta, sin atreverse a interrumpir. Entendió que el zorro había elegido precisamente ese patio por su quietud y el silencio de la noche, lejos del bullicio de la ciudad y los peligros de la calle. Probablemente había pasado el día agotado: recorriendo distancias, buscando comida, esquivando autos y ruidos constantes.
En lugar de ahuyentarlo o tomar fotos, decidió apagar la luz de nuevo y dejarlo en paz. “Que descanse un rato”, pensó. Esa noche, al menos por unas horas, el pequeño visitante encontró un lugar seguro donde bajar la guardia y recargar energías. Un recordatorio tierno de que, en medio del caos humano, a veces basta con un gesto de respeto para compartir un poco de calma con la naturaleza. 🦊❤️
