En un experimento pionero y personal, el neurólogo Nico Dosenbach, de la Escuela de Medicina de la Universidad de Washington en St. Louis, tomó una dosis alta de psilocibina (25 mg) y se metió en una máquina de resonancia magnética funcional (fMRI) para observar en tiempo real cómo el psicodélico transforma su propio cerebro. Como uno de los siete participantes del estudio publicado en Nature (julio de 2024), Dosenbach experimentó de primera mano los efectos: “Me sentía flotando en la rareza, perdí la noción del tiempo y me convertí en todos”, describió, mientras las escaneos mostraban una “desincronización masiva” de redes cerebrales clave.
El estudio, que incluyó hasta 18 escáneres por persona antes, durante y hasta tres semanas después de la dosis, reveló que la psilocibina provoca un caos temporal en la red por defecto —responsable del sentido del yo, espacio y tiempo—, disolviendo conexiones normales y creando patrones hiperconectados. Estos cambios agudos duran horas, pero efectos sutiles persisten semanas, especialmente en vínculos entre el hipocampo anterior y la red por defecto, potenciando la plasticidad cerebral —la capacidad del cerebro para “reorganizarse” y formar nuevas sinapsis.
Dosenbach y su equipo compararon con un estimulante (metilfenidato) para aislar efectos: solo la psilocibina generó esta “desestabilización” profunda, explicando experiencias como la disolución del ego y su potencial terapéutico para depresión resistente, ansiedad y adicciones. “Es como resetear el cerebro: un efecto intenso inicial seguido de cambios puntuales que duran lo suficiente para marcar diferencia”, explicó el investigador.
Este autoexperimento no solo valida el poder de los psicodélicos para inducir neuroplasticidad rápida —más que antidepresivos tradicionales—, sino que ofrece pistas sobre tratamientos futuros. Un avance que combina ciencia rigurosa con exploración personal, abriendo puertas a terapias que “reconectan” el cerebro de forma duradera. 🧠🍄
