En un estallido que fusiona el clamor juvenil con el eco de sirenas policiales, la llamada Marcha de la Generación Z irrumpió este domingo por las arterias palpitantes de la Ciudad de México como un río desbordado de indignación, dejando tras de sí un saldo de 19 detenidos que transforma el Zócalo en un tablero de tensiones reprimidas. Bajo un cielo nublado que parecía presagiar la tormenta social, miles de jóvenes –armados con pancartas contra la precariedad laboral, la violencia de género y el colapso educativo– desfilaron desde el Ángel de la Independencia hasta el corazón histórico, un desfile que evocaba los ecos de 1968 pero con filtros de Instagram y hashtags virales como #GenZFueOut. Lo que inició como un himno colectivo a la rebeldía digital se torció en el fragor del atardecer, cuando choques con elementos de la policía capitalina desataron un torbellino de empujones, gases lacrimógenos y arrestos que maniataron no solo cuerpos, sino la esperanza de un cambio pacífico. La Fiscalía General de Justicia de la CDMX (FGJCDMX), con la frialdad de un bisturí, confirmó las capturas en el Centro de Sometimiento a la Justicia, donde los liberados provisionales y los procesados se convierten en peones de un sistema que, según activistas, criminaliza la voz en lugar de escucharla, un recordatorio brutal de cómo la juventud mexicana paga con esposas el precio de exigir un futuro que no sea de deudas eternas y empleos fantasma.
El núcleo de esta vorágine sangrienta late en tres sombras que emergen de la multitud: presuntos vándalos investigados por tentativa de homicidio contra elementos policiacos, un cargo que pende como espada de Damocles sobre sus cabezas mientras peritajes médicos detallan heridas de arma blanca y objetos contundentes que rozaron la línea entre protesta y caos letal. La fiscalía, bajo el mando de Yuri Beltrán Miranda, no reveló identidades –protegidas por el velo del proceso–, pero filtró que los implicados, de entre 18 y 22 años, portaban machetes improvisados y botellas incendiarias que escalaron el pulso en la avenida Reforma, un bastión simbólico donde el gas pimenta se mezcló con lágrimas de rabia genuina. “No toleraremos la agresión a quienes velan por el orden”, sentenció la procuradora en un boletín que huele a advertencia, mientras defensores de derechos humanos como el Observatorio Ciudadano claman por imparcialidad, argumentando que las detenciones masivas –incluyendo a fotoperiodistas y aliados LGBTQ+– responden más a la paranoia postelectoral que a la justicia real. De los 19 apresados, 16 enfrentan cargos menores por desórdenes y resistencia, pero los tres bajo escrutinio podrían ver sus vidas truncadas en juicios que se extienden como sombras, un drama que ilustra la fractura entre una generación que sueña con utopías digitales y un aparato estatal que responde con grilletes. En las redes, donde el #MarchaGenZ acumula millones de vistas, el veredicto popular ya dicta: ¿héroes o villanos? Mientras el Zócalo se limpia de escombros, la CDMX contiene el aliento, sabiendo que esta marcha no es el fin, sino el preludio de un vendaval juvenil que no se apaga con detenciones, sino que se aviva con cada grito silenciado.
