En un zarpazo que desnuda las grietas del sistema de derechos humanos, diputados del PAN descargaron este domingo su artillería verbal contra la presidenta de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), Rosario Piedra Ibarra, por su mutismo ensordecedor ante los ecos de porras y gases lacrimógenos que marcaron el cierre de la Marcha de la Generación Z en el Zócalo capitalino. Lo que brotó como un río de juventud indignada contra la inseguridad rampante y la violencia que ahoga al país se torció en un torbellino de choques brutales el sábado 15 de noviembre, con jóvenes acorralados por vallas policiales y agentes de la Secretaría de Seguridad Ciudadana que respondieron con escudos y empujones que dejaron moretones y almas laceradas. “Ni un tuit, ni un susurro de Piedra sobre esta represión política orquestada por la policía de Morena”, tronó el legislador albiazul, un dardo que también salpicó a la flamante titular de la Comisión de Derechos Humanos de la CDMX, María Dolores González Sarabia, apenas ungida en el Congreso local. Este silencio, para el PAN, no es omisión casual: es complicidad deliberada, un velo que encubre abusos contra una generación que osa alzar la voz en un México donde el plomo callejero y el garrote estatal se confunden en un mismo infierno, dejando 19 detenidos –tres de ellos bajo la lupa por tentativa de homicidio– como trofeos de una democracia que se desangra en sus plazas públicas.
La ofensiva panista trasciende los pasillos legislativos para golpear el corazón de la 4T, donde Clara Brugada, jefa de Gobierno, desvía culpas hacia Ricardo Salinas Pliego y tilda la marcha de “narrativa falsa” impulsada por conservadores, minimizando un movimiento que, aunque salpicado de banderas de One Piece y consignas anti-Bukele, clamaba por un freno a la hemorragia de feminicidios y ejecuciones que no distinguen edades. Mientras Sheinbaum, desde Palacio, proclama que “la gente está feliz con nosotros” y que el Zócalo no se llenó como en la Marea Rosa, el PAN eleva el tono: “¿Dónde está la CNDH que tanto presume de independencia? ¿Guardando luto por su credibilidad perdida?”, inquiere Federico Döring, vocero de la bancada, evocando un ente que, bajo Piedra, ha sido acusado de ser un apéndice dócil del Ejecutivo, ciego ante detenciones arbitrarias y gases que asfixian no solo pulmones, sino libertades. En este tablero de polarizaciones, donde Morena, PT y PVEM condenan “discursos de odio” pero abrazan el uso de la fuerza, el reproche del PAN se erige como faro precario: un llamado a que las comisiones de derechos no sean tumbas de quejas ignoradas, sino escudos contra un autoritarismo que, disfrazado de orden, siembra semillas de revueltas futuras. En las venas de una CDMX que aún huele a humo de cohetes y lágrimas de gas, este silencio de Piedra no solo hiere a los jóvenes; profana el altar de una nación que juró no repetir los errores del pasado, prometiendo que la próxima marcha no será silenciada con grilletes, sino amplificada por la justicia que todos merecemos.