En un instante que ilumina las sombras de la lucha diaria contra la enfermedad, el pequeño Fernando “N”, de apenas 8 años, transformó el pasillo estéril del Hospital General Regional (HGR) No. 1 “Morelos” en un escenario de triunfo absoluto este mes de noviembre de 2025, al tañer con manos temblorosas de emoción la Campana de la Victoria del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) en Chihuahua. Diagnosticado con leucemia linfoblástica aguda hace casi dos años, este valiente guerrero serrano enfrentó quimioterapias intensivas que lo mantuvieron recluido en el Centro de Referencia Estatal para la Atención del Niño y de la Niña con Cáncer (OncoCREAN), un bastión de esperanza donde cada ciclo de tratamiento era una batalla épica contra un enemigo invisible. Rodeado por el equipo médico que se convirtió en su escudo humano –oncólogos pediatras como la doctora Selene Portillo Zabala, enfermeras que velaron sus noches febriles y especialistas que monitorearon cada paso de su odisea–, Fernando culminó su protocolo terapéutico en octubre de 2024, seguido de un año de vigilancia rigurosa que confirmó la remisión total. El tañido de la campana, un eco metálico que reverberó por los corredores como un himno de redención, no solo selló su victoria personal, sino que se erigió como faro para los 24 niños que aún combaten en las salas adyacentes, recordándoles que el cáncer infantil no es un veredicto final, sino un adversario que se doblega ante la tenacidad y la ciencia.
La emoción se desbordó en una ceremonia improvisada que reunió a familiares con ojos enrojecidos por lágrimas de alivio, compañeros de lucha que aplaudieron desde sillas de ruedas y un personal del IMSS que aplaudió como si cada golpe en la campana fuera un gol en tiempo extra. “Este es un testimonio vivo de coraje que inspira a todos los que transitan este sendero arduo”, proclamó la doctora Portillo, subrayando cómo el enfoque integral del OncoCREAN –que integra detección precoz, terapias personalizadas y apoyo psicológico para familias exhaustas– ha elevado las tasas de supervivencia en Chihuahua, salvando no solo cuerpos, sino espíritus fracturados por el miedo. Fernando, con su sonrisa radiante y un puño alzado en gesto de conquista, simboliza el pulso resiliente de un estado donde el desierto forja guerreros: padres como los suyos, que abandonaron rutinas para convertirse en centinelas constantes, y un sistema de salud que, pese a sus grietas presupuestales, teje redes de solidaridad en medio del caos. Esta victoria trasciende las paredes hospitalarias para golpear el corazón colectivo: en una era donde el cáncer acecha como sombra en la infancia, el sonido de esa campana clama por más recursos federales, campañas de prevención que alcancen a los rincones olvidados y un juramento nacional de no dejar a ningún niño en la trinchera sin refuerzos. Mientras el eco se apaga en los pasillos, Fernando corre hacia un futuro de juegos y sueños intactos, dejando atrás un legado que susurra: la vida, una vez reclamada, resuena más fuerte que cualquier silencio mortal.
