Mientras gran parte de los mexicanos trabajaba en condiciones precarias y los campesinos enfrentaban dificultades para acceder a la tierra, un reducido grupo de familias acumulaba haciendas, negocios y propiedades que las convirtieron en la élite económica del Porfiriato.
Durante más de tres décadas de gobierno de Porfirio Díaz, el crecimiento económico y la llegada de inversión extranjera transformaron al país, pero también concentraron la riqueza en unas cuantas manos. Detrás de ese auge surgieron apellidos que llegaron a construir verdaderos imperios.
Guillermo Landa y Escandón: el empresario que regaló un castillo en Escocia a su hija
Uno de los hombres más cercanos al régimen porfirista fue Guillermo Landa y Escandón. Además de encabezar el gobierno de la Ciudad de México, se convirtió en uno de los empresarios más prósperos del país.
La dimensión de su riqueza quedó reflejada años después, cuando adquirió un castillo en Escocia para obsequiárselo a su hija, un lujo reservado para muy pocos incluso fuera de México.

El italiano que encontró una fortuna en México durante el Porfiriato
Cuando Dante Cusi llegó desde Italia, encontró un país abierto a la inversión y las oportunidades. Con el paso de los años construyó un poderoso emporio agrícola y desarrolló haciendas que marcarían la historia de Michoacán.
La más conocida fue Nueva Italia, una región que aún conserva el nombre ligado al auge económico impulsado por la familia.

Los empresarios que hicieron fortuna con el ferrocarril
El crecimiento ferroviario también dio origen a grandes fortunas. Thomas Braniff, quien llegó desde Estados Unidos, participó en la expansión del sistema ferroviario y aprovechó el auge económico de la época para multiplicar sus inversiones.
Su familia se consolidó entre las más influyentes del país gracias a proyectos que cambiaron la infraestructura mexicana.

Las haciendas que dieron poder a los García Pimentel
En Morelos, la riqueza se concentró en enormes extensiones de tierra. Luis García Pimentel y su esposa, Susana Elguero, formaron parte de una élite que dominaba la producción agrícola y gozaba de una posición privilegiada en la sociedad porfirista.
Mientras una minoría disfrutaba de grandes fortunas, millones de campesinos e indígenas enfrentaban pobreza y sistemas laborales que limitaban sus oportunidades.
La desigualdad social se fue profundizando con el paso de los años y el descontento comenzó a extenderse en distintas regiones del país.
Para 1910, ese malestar terminaría detonando la Revolución Mexicana, un movimiento que cambió para siempre el rumbo del país y puso fin al largo gobierno de Porfirio Díaz.
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