Mientras las ligas deportivas de Chihuahua reaccionaron con rapidez para sancionar al jugador de los Halcones que golpeó brutalmente a un árbitro durante un encuentro de futbol rápido, hay una institución que, como ya es costumbre, permanece desaparecida: el Instituto Chihuahuense del Deporte. El organismo que debería ser el principal promotor del deporte, del respeto a las reglas y de la protección de quienes participan en las competencias, simplemente está pintado. Y es que desde que el instituto quedó en manos de Teporaca Romero, diversos sectores deportivos consideran que atraviesa uno de los peores momentos de su historia. Ni durante los tiempos más complicados de la pandemia se percibía un abandono semejante en instalaciones, programas y atención a las distintas disciplinas. Para muchos deportistas, entrenadores y promotores, la dependencia parece concentrar sus esfuerzos únicamente en ciertos deportes, particularmente el tenis, mientras otras disciplinas sobreviven prácticamente por cuenta propia.
La agresión captada en video, donde un futbolista lanza un puñetazo al rostro de un árbitro que únicamente realizaba su trabajo, debería haber provocado una postura firme de la autoridad deportiva estatal. Sin embargo, nadie espera que el Instituto Chihuahuense del Deporte intervenga en la búsqueda de justicia o impulse sanciones ejemplares contra el responsable. Serán las propias ligas y organizadores quienes carguen con la responsabilidad de proteger a los árbitros y preservar el espíritu deportivo. Mientras tanto, el instituto seguirá volteando hacia otro lado, más preocupado por la entrega de concesiones a conocidos, las compras cuestionadas y los intereses de unos cuantos, que por garantizar condiciones dignas para el desarrollo del deporte en Chihuahua. El mensaje es claro: cuando se trata de poner orden, defender a quienes hacen posible las competencias y combatir la violencia en las canchas, la autoridad deportiva estatal simplemente no aparece.
Hay que reconocer cuando las cosas avanzan y el Festival de los Antojos ha mostrado mejoras en algunos detalles respecto a sus primeras ediciones. Sin embargo, también es necesario decir las cosas como son: por dimensiones, infraestructura y alcance, lo vivido este fin de semana se pareció más a una kermés de antojos que a un verdadero festival. Muchos asistentes extrañaron el escenario instalado el año pasado en el Parque Bolívar, donde se presentó el grupo Tráfico y que aportó un atractivo adicional para quienes acudían al evento. En esta ocasión ese espacio brilló por su ausencia y el ambiente se sintió más limitado. A ello se sumó la escasez de mesas y áreas para que las familias pudieran disfrutar cómodamente de los alimentos, una situación que quedó evidenciada ante la enorme cantidad de personas que acudieron al Centro Histórico. El Municipio cumplió con organizar el evento, pero una cosa es hacer la chamba y otra planearla correctamente. Si la afluencia era previsible, se pudieron colocar muchas más mesas, ampliar los espacios de convivencia e incluso considerar el cierre de la calle Independencia para dar cabida a miles de visitantes.
Lo ocurrido dejó claro que el evento tiene potencial para crecer, pero todavía está lejos de consolidarse como un festival en toda la extensión de la palabra. La impresión general fue la de una gran kermés popular con buena asistencia y excelente respuesta de los ciudadanos, pero con una logística que terminó quedándose corta. Incluso hubo quienes compararon la experiencia con la tradicional kermés de la Parroquia Corpus Christi, realizada este mismo domingo, que con menos recursos públicos y gracias al esfuerzo de los fieles logró ofrecer una experiencia más completa para los asistentes. Nadie puede negar que el Festival de los Antojos atrae gente y genera movimiento económico, pero esta edición difícilmente superó a la del año pasado. Tal vez el primer paso para mejorarlo sea reconocer que hoy por hoy funciona más como una kermés de antojos que como el gran festival gastronómico que pretende ser.
La carrera por la gubernatura de Chihuahua en 2027 ya comenzó, aunque oficialmente nadie lo admita. Los principales actores políticos han empezado a mover sus piezas, a construir estructuras y a posicionar su imagen ante la ciudadanía. La contienda está lejos, pero en política el tiempo corre distinto y quien se adelanta suele llevar ventaja.
Por un lado, el alcalde de Ciudad Juárez, Cruz Pérez Cuéllar, continúa fortaleciendo su presencia pública y consolidando su proyecto político. Del otro lado del estado, el presidente municipal de Chihuahua, Marco Bonilla Mendoza, mantiene una intensa actividad gubernamental y mediática que lo coloca como una de las figuras más visibles dentro de su partido.
En la capital, otros perfiles también hacen lo propio. El fiscal general del estado, César Jáuregui Moreno, sigue acumulando presencia institucional, mientras que la diputada federal Manque Granados Trespalacios fortalece su cercanía con distintos sectores sociales y empresariales, construyendo una plataforma que podría resultar determinante en los próximos años.
En contraste, la senadora Andrea Chávez Treviño parece alejarse de una ruta lógica para competir por la sucesión estatal. La política moderna exige presencia, sí, pero también resultados, propuestas y una narrativa que conecte con las necesidades reales de la ciudadanía.
La constante confrontación en redes sociales y los discursos centrados en la descalificación difícilmente sustituyen el trabajo político de fondo. Mientras otros actores recorren el estado, fortalecen alianzas y construyen proyectos de gobierno, la apuesta por la polémica permanente puede terminar desgastando una imagen pública que, en algún momento, parecía avanzar con fuerza.
La ciudadanía también ha evolucionado. Hoy, los electores distinguen entre quienes construyen y quienes únicamente reaccionan. Gobernar no significa aparecer todos los días en la conversación pública ni protagonizar debates interminables en plataformas digitales.
A veces, trabajar vale más que parlotear.
Porque, al final, la política efectiva no se mide por la cantidad de publicaciones, sino por la capacidad de resolver problemas, generar acuerdos y ofrecer resultados tangibles a la población.
Faltan meses, incluso años, para que la carrera electoral entre oficialmente en marcha. Sin embargo, el tablero ya está puesto y las piezas comienzan a acomodarse. Quien entienda que la verdadera campaña se construye con trabajo y no solamente con estridencia, llegará con una ventaja importante cuando finalmente suene el silbatazo inicial rumbo a 2027.