En la ciudad de Parral, el descontento ciudadano crece a pasos agigantados y el panismo parece despedirse de su bastión tras la gestión de Chava Calderón. Quienes confiaron en él para recuperar la alcaldía hoy se sienten vilmente engañados. El mandatario, lejos de la imagen de oveja que proyectó en campaña, actúa con la misma voracidad que tanto criticó en otros: aprueba obras, define contratos y decide beneficiarios, mientras una tajada de cada proyecto termina en bolsillos ajenos a los de los parralenses. En los pasillos de la propia alcaldía se comenta con preocupación que su descaro aumenta día con día y que cualquier señalamiento le resbala como agua. Un lobo con piel de cordero, o quizá un ratoncito disfrazado de conejito, que ha defraudado la esperanza depositada en él.
La situación es tan grave que ya se menciona la posible intervención de la Fiscalía Anticorrupción. Cuando el Órgano Interno de Control anterior se atrevió a señalar irregularidades, Calderón simplemente lo cambió de puesto, evadiendo su responsabilidad. Ahora cuenta con un titular “a modo” que no fiscaliza ni incomoda. Tristes parralenses que ven cómo las bolsas del alcalde se llenan con lo que legítimamente pertenece a la ciudadanía. La decepción es profunda y el panorama, complicado: la confianza rota y la sensación de que, una vez más, el poder terminó por corromper a quien prometió servir con honestidad.
Hay ruedas de prensa que sirven para informar y otras que funcionan más como acto de resistencia emocional. La reciente aparición del senador Juan Carlos Loera de la Rosa en Chihuahua pareció entrar en la segunda categoría. Frente a cámaras, el discurso fue el de siempre: defensa del movimiento, consignas patrióticas, acusaciones al gobierno estatal y la insistencia de que Morena sigue fuerte y unido. Pero, según cuentan quienes alcanzaron a escuchar las conversaciones posteriores, la verdadera conferencia comenzó cuando se apagaron los micrófonos y quedaron solamente los amigos, el café y la resignación.
Porque ahí el tono cambió drásticamente. Ya sin el libreto heroico de la transformación, Loera habría reconocido algo que muchos morenistas prefieren no decir en voz alta: que Chihuahua está prácticamente perdido para Morena. Que, por más marchas, ruedas de prensa y discursos encendidos que hagan, el PAN terminará reteniendo el estado porque del lado guinda simplemente no hay candidatos sólidos, no existen liderazgos reales y lo que antes funcionaba a nivel nacional ya no está alcanzando para emocionar ni convencer en Chihuahua.
Y aunque el comentario fue diplomático y con cuidado quirúrgico para no generar incendios internos, también habría deslizado que las mujeres que actualmente dirigen Morena en el estado “nomás no dan el ancho”. Una frase que seguramente fue pronunciada con esa clásica sonrisa incómoda de político que quiere criticar sin que al día siguiente le tomen captura de pantalla.
Según estas versiones, Loera habría admitido incluso que lo único medio rescatable para Morena sería Ciudad Juárez, aunque no precisamente por fortaleza propia, sino porque el PAN tampoco logra construir algo convincente allá. Es decir, la esperanza electoral morenista parece resumirse en esperar que el rival esté peor. Estrategia brillante: ganar no por mérito, sino por accidente administrativo ajeno.
Pero quizá lo más interesante no fue el diagnóstico político, sino el tono personal con el que habría hablado sobre su propio futuro. Porque, aparentemente, el senador ya entendió perfectamente que él no será llamado para ninguna gran candidatura en los próximos años. Nada de gubernatura, nada de alcaldía importante, nada de convertirse en el gran salvador del movimiento. Y siendo honestos, quizá eso hasta le da tranquilidad.
Porque si algo parece haber aprendido Loera es que, en tiempos turbulentos, lo mejor no es pelear por subir más alto, sino asegurar bien el asiento que ya se tiene. Así que la estrategia sería sencilla: seguir haciendo ruido mediático, lanzar declaraciones explosivas de vez en cuando, mantenerse vigente en el debate público y cobrar tranquilamente como senador hasta 2030. Una especie de jubilación política anticipada, pero con fuero y viáticos.
Sin embargo, el tema más delicado habría surgido cuando salió a conversación Estados Unidos. Porque mientras en público Morena todavía juega al nacionalismo desafiante, en privado varios actores políticos parecen bastante preocupados por los señalamientos, investigaciones y movimientos que vienen desde el vecino del norte. Y según las versiones que circulan, Loera tendría muy claro que en este momento lo más importante no es salvar a Morena en Chihuahua, sino mantener impecable su propia situación y dejar perfectamente claras ciertas distancias.
Traducido al lenguaje político: “si alguien debe algo y termina cayendo, aunque sea del partido, pues que caiga… mientras no sea yo”.
Al final, la famosa transformación podrá presumir lealtad, unidad y compañerismo en los discursos, pero cuando aparecen los riesgos reales, los expedientes y los nervios internacionales, cada quien empieza a revisar primero la salida de emergencia más cercana.