A 17 días de que se diera a conocer el hallazgo de un narcolaboratorio y la muerte de dos agentes de la CIA, el tema parece haberse diluido en la agenda pública. Ni el fiscal encargado ni Wendy Chávez, titular de la unidad especial, han vuelto a abordarlo de forma abierta. El silencio no pasa desapercibido, sobre todo por la gravedad del caso y las implicaciones que arrastra desde que salió a la luz.
Por cierto, se buscó a Chávez Villanueva para conocer avances, pero la respuesta fue breve y sin margen: “Cuando tenga más avances”, dijo. Luego añadió que “posiblemente como la vez pasada”, para finalmente cerrar con un “pero entrevistas…”, dejando claro que por ahora no habrá posicionamiento. Así, el caso sigue ahí, sin actualización oficial y con más dudas que certezas.
La situación en Ciudad Aldama vuelve a encender las alertas y deja claro que la inseguridad continúa avanzando sin encontrar freno. Mientras en distintos puntos del país la delincuencia organizada amplía su presencia, Chihuahua tampoco logra escapar de esa realidad. En la región de Aldama comienzan a circular versiones cada vez más fuertes sobre restricciones impuestas por grupos criminales, particularmente contra conductores de plataformas digitales, quienes ya habrían sido advertidos de no ingresar a esa zona bajo ninguna circunstancia. El mensaje, aunque no se diga públicamente, refleja el nivel de control y miedo que empieza a sentirse en aquel municipio.
Lo más preocupante es que Aldama ya empieza a ser vista como una especie de frontera marcada por la violencia, un territorio donde la autoridad parece perder terreno frente a quienes dictan las reglas fuera de la ley. Pero el problema no termina ahí, porque en la propia capital del estado también existen focos rojos que los ciudadanos identifican desde hace tiempo como auténticas zonas de conflicto. Sectores como Punta Oriente y Riberas de Sacramento se han convertido en ejemplos claros de cómo la inseguridad se instala poco a poco hasta normalizarse, mientras la población observa con preocupación que la violencia ya no distingue entre municipios pequeños o grandes ciudades.
La escena que se observó ayer en pleno Centro de la ciudad de Chihuahua terminó convirtiéndose en un reflejo incómodo del abandono que muchos ciudadanos perciben desde hace años. Un hombre haciendo sus necesidades en plena vía pública, sobre la calle Venustiano Carranza —la famosa Once— y Niños Héroes, justo frente a la Casa de las Artesanías del Estado, dejó más preguntas que respuestas. Porque más allá de lo escandaloso de la imagen, lo que realmente queda exhibido es la falta de servicios básicos en una zona que presume ser el corazón turístico y comercial de la capital. Mientras se habla de modernización, embellecimiento y proyectos millonarios, la realidad termina golpeando directo en la banqueta.
Y es ahí donde vuelven las críticas contra el famoso Fideicomiso del Centro Histórico, un organismo que para muchos ciudadanos se ha convertido más en estructura burocrática que en resultados visibles. Las reuniones, sesiones y anuncios parecen quedarse únicamente en discursos, porque fuera del cambio de medidores —obra que incluso fue señalada como un gasto millonario— poco o nada puede percibirse realmente en beneficio de quienes transitan diariamente por el centro. Ahora la pregunta es todavía más incómoda: ¿cómo es posible que ni siquiera existan baños públicos funcionales para la ciudadanía? Peor aún, los pocos sanitarios de la calle Victoria operan bajo control de particulares, dejando abierta otra interrogante sobre cómo terminó privatizándose un servicio que debería ser público. Mientras tanto, la ciudad sigue acumulando promesas, pero las banquetas terminan contando otra historia.